Este realismo intermitente impregna todas las grandes obras de Dostoievski y Herman Melville. Dostoievski puede ser pacientemente preciso acerca de un juicio o el aspecto de una escalera. Melville puede catalogar los productos de la ballena («siempre he hallado que las cosas sencillas son las más enrevesadas de todas», señala). D. H. Lawrence puede describir un campo de hierba y flores o la llegada a Fremantle. Las pequeñas cosas en primer término parecen ser lo único que le importa al profeta por momentos; se sienta con ellas tan tranquilo y ocupado como un niño entre dos juegos bruscos.
¿Qué siente durante estas intermitencias? ¿Es otra forma de excitación, o está descansando? No podemos saberlo.
Sin duda es lo que siente A.E. cuando se ocupa de sus lecherías, o lo que siente Claudel cuando se ocupa de su diplomacia, ¿pero qué es eso?
De cualquier modo, esto caracteriza a estas novelas y les otorga lo que siempre resulta provocativo en una obra de arte: aspereza en la superficie. Mientras pasan ante nuestros ojos están llenas de abolladuras, surcos, protuberancias y picos que arrancan de nosotros pequeños gritos de aprobación y desaprobación. Cuando han pasado, la aspereza se olvida, se vuelven tan lisas como la luna.
La ficción profética, por tanto, parece tener características definidas. Exige humildad y la ausencia del sentido del humor. Se remonta al pasado —aunque no debemos concluir por el ejemplo de Dostoevsky que siempre se remonta a la piedad y al amor. Es esporádicamente realista. Y nos transmite la sensación de una canción o de un sonido.