mente de quien vivía en el castillo brillaba una luz tenue; debajo había sombras, miedo, ignorancia, voluntad de ignorancia. Por encima de todo, en el castillo sobre la colina no existía la sensación abrumadora de una revelación inminente —de que hoy o sin duda mañana el Hombre duplicaría de un solo golpe su poder y cambiaría el mundo de nuevo—. > > Los antiguos cuentos de magia eran los pensamientos balbuceantes de un mundo lejano, gastado y mezquino; eso pensaba al menos Flecker, ofendido. Los cuentos no le ofrecían ninguna guía. Había demasiada diferencia entre su mundo y el de ellos. > > ¿Se preguntó si no habría descartado el deseo de felicidad de forma un tanto imprudente? Parecía no llegar a ninguna parte al pensarlo. No era lo suficientemente sabio. ¡En los antiguos cuentos jamás se pedía el deseo de la felicidad! Se preguntó por qué. > > Podría arriesgarse —solo para ver qué pasaba—. El pensamiento lo hizo temblar. Saltó de la cama y recorrió a zancadas el suelo de baldosas rojas, frotándose las manos. > > —Quiero ser feliz para siempre —susurró, para oír las palabras, con cuidado de no tocar el anillo—. «Feliz… para siempre» —las dos sílabas de la primera palabra, como pequeñas y duras piedras, repiquetearon musicalmente contra la campana de su imaginación, pero la segunda fue un suspiro—. Para siempre —su espíritu sucumbió bajo el impacto suave y pesado de la palabra—. Sostenida en su pensamiento, la palabra produjo una
Así, una y otra vez —el sello del verdadero creador de fantasía—, Norman Matson funde los reinos de la magia y el sentido común empleando palabras que se aplican a ambos, y la mezcla que ha creado cobra vida. No contaré el final de la historia. Habréis adivinado lo esencial, pero el funcionamiento de una mente lúcida siempre depara sorpresas, y hasta el fin de los tiempos se seguirá haciendo buena literatura en torno a esta noción del deseo.