¿Y entonces? Se rumorea que los franceses están desembarcando. ¿Y entonces? Lovel cabalga por el distrito al frente de las tropas británicas. Ahora se hace llamar «mayor Nevile». Pero ni siquiera «mayor Nevile» es su nombre verdadero, pues, ¿quién es sino el hijo perdido de Lord Glenallan?, no es otro que el legítimo heredero de un condado. En parte gracias a Elspeth Mucklebackit, en parte a su colega de servicio a quien conoce como monja en el extranjero, en parte a un tío que ha muerto, en parte a Edie Ochiltree, la verdad ha salido a la luz.
Ciertamente hay abundantes razones para el desenlace, pero a Scott no le interesan las razones; las suelta sin molestarse en aclararlas; hacer que un acontecimiento suceda tras otro es su único propósito serio.
¿Y después? Isabella Wardour cede y se casa con el héroe. ¿Y después? Ese es el fin de la historia.
No debemos preguntar «¿Y después?» con demasiada frecuencia. Si la secuencia temporal se prolonga un solo segundo más, nos conduce a un país completamente distinto.
The Antiquary es un libro en el que el novelista celebra instintivamente la vida en el tiempo, y esto ha de conducir a un aflojamiento de la emoción y a una superficialidad de juicio, y en particular a ese uso idílico del matrimonio como final. El tiempo también puede celebrarse conscientemente, y hallaremos un ejemplo de ello en un tipo de libro muy diferente, un libro memorable: The Old Wives’ Tale, de Arnold Bennett. El tiempo es el verdadero héroe de The Old Wives’ Tale. Está instaurado como el señor de la creación —salvo en verdad por el señor Critchlow, cuya extravagante excepción no hace sino otorgar una fuerza añadida—. Sophia