Parte del genio de Dickens radica en que utiliza tipos y caricaturas, personas a las que reconocemos en el instante en que reaparecen, y aun así logra efectos que no son mecánicos y una visión de la humanidad que no es superficial.
A quienes les disgusta Dickens les asiste una excelente razón. Debería ser malo. En realidad, es uno de nuestros grandes escritores, y su inmenso éxito con los tipos sugiere que puede haber más profundidad en la bidimensionalidad de lo que los críticos más severos admiten.
O tómese a H. G. Wells. Con las posibles excepciones de Kipps y la tía de Tono Bungay, todos los personajes de Wells son tan planos como una fotografía. Pero las fotografías se agitan con tal vigor que olvidamos que sus complejidades yacen en la superficie y desaparecerían si esta fuera raspada o se enrollara. Un personaje de Wells no puede, en efecto, resumirse en una sola frase; está mucho más atado a la observación, no crea arquetipos. Sin embargo, su gente rara vez pulsa con fuerza propia. Son las manos diestras y poderosas de su creador las que los sacuden y engañan al lector haciéndole sentir profundidad. Los novelistas buenos pero imperfectos, como Wells y Dickens, son muy hábiles para transmitir fuerza. La parte de su novela que está viva galvaniza a la que no lo está, y hace que los personajes brinquen y hablen de manera convincente. Son muy diferentes del novelista perfecto que toca todo su material directamente, que parece pasar el dedo creador por cada frase y dentro de cada palabra. Richardson, Defoe, Jane Austen son perfectos en este sentido particular; puede que su obra no sea grandiosa, pero sus manos siempre están sobre ella; no existe ese diminuto intervalo entre pulsar el botón y el sonido de la campana que ocurre en las novelas donde los personajes no están bajo control directo.