A lo largo de la historia, los escritores, mientras escriben, se han sentido más o menos de la misma manera. Han entrado en un estado común que es conveniente llamar inspiración, y teniendo en cuenta ese estado, podemos decir que la Historia se desarrolla, el Arte permanece inmóvil.
La historia se desarrolla, el arte permanece inmóvil es un lema burdo, de hecho es casi una consigna, y aunque nos veamos obligados a adoptarlo no debemos hacerlo sin admitir su vulgaridad. Solo contiene una verdad parcial.
Nos prohíbe en primer lugar considerar si la mente humana se altera de generación en generación; si, por ejemplo, Thomas Deloney, que escribió humorísticamente sobre tiendas y tabernas en el reinado de la reina Isabel, difiere fundamentalmente de su representante moderno—que sería alguien de la talla de Neil Lyons o Pett Ridge. De hecho, Deloney no difirió; difirió como individuo, pero no fundamentalmente, no por haber vivido hace cuatro cuatrocientos años. Cuatro mil, catorce mil años podrían hacernos dudar, pero cuatrocientos años no son nada en la vida de nuestra raza y no dejan margen para ningún cambio mensurable. De modo que nuestro lema aquí no supone ningún obstáculo práctico. Podemos entonarlo sin vergüenza.
Es más grave cuando pasamos al desarrollo de la tradición y vemos lo que perdemos al habérnosdenegado el examen de esta.
Aparte de las escuelas, las influencias y las modas, ha existido una técnica en la ficción inglesa, y esta sí se altera de generación en generación.
La técnica de reírse de los personajes, por ejemplo: fumar ( to smoke ) y burlarse ( to rag ) no son idénticos; el humorista isabelino atrapa a su víctima de un modo diferente al moderno, arranca su risa mediante otros trucos. O la técnica de la fantasía: Virginia Woolf, aunque su propósito y su efecto general se asemejan a los de Sterne, difiere de él en la ejecución;