¿Cómo hemos de atacar entonces la novela —esa zona esponjosa, esas ficciones en prosa de cierta extensión que se extienden de manera tan indeterminada? No con un aparato complejo. Los principios y los sistemas podrán convenir a otras formas de arte, pero no pueden aplicarse aquí —o si se aplican, sus resultados deberán someterse a un nuevo examen. ¿Y quién es el examinador? Bien, me temo que será el corazón humano, será este asunto de tú a tú, justamente sospechoso en sus formas más toscas. La prueba definitiva de una novela será nuestro afecto por ella, como lo es la de nuestros amigos, y la de cualquier otra cosa que no podamos definir. El sentimentalismo —para algunos un demonio peor que la cronología— acechará en segundo plano diciendo: «Oh, pero eso me gusta», «Oh, pero eso no me atrae», y todo lo que puedo prometer es que el sentimentalismo no hablará demasiado alto ni demasiado pronto. La cualidad intensa y sofocantemente humana de la novela no ha de evitarse; la novela está empapada de humanidad; no hay escapatoria a la euforia o al aguacero, ni pueden mantenerse al margen de la crítica. Podremos odiar a la humanidad, pero si es exorcizada o incluso purificada, la novela se marchita, y poco queda salvo un montón de palabras.
Y he elegido el título «Aspectos» porque no es científico y es impreciso, porque nos deja el máximo de libertad, porque significa tanto las diferentes maneras en que podemos mirar una novela como las diferentes maneras en que un novelista puede mirar su obra. Y los aspectos seleccionados para el debate son siete en total: La historia; Los personajes; La trama; La fantasía; La profecía; El diseño y el ritmo.