boquiabierto. «En este momento, Sherezade vio aparecer la mañana y, callada, guardó silencio». Esta pequeña e insulsa frase es la columna vertebral de Las mil y una noches, la solitaria cinta que las mantiene unidas y gracias a la cual se salvó la vida de una princesa de lo más consumada.
Todos somos como el esposo de Scherezade, en el sentido de que queremos saber qué pasa después. Eso es universal y por eso la columna vertebral de una novela tiene que ser una historia.
Algunos de nosotros no queremos saber nada más—no hay en nosotros más que una curiosidad primigenia y, en consecuencia, nuestros otros juicios literarios son ridículos.
Y ahora se puede definir la historia. Es una narración de acontecimientos dispuestos en su secuencia temporal—la cena después del desayuno, el martes después del lunes, la descomposición después de la muerte, y así sucesivamente.
Como historia, solo puede tener un mérito: el de hacer que el público quiera saber qué pasa después. Y a la inversa, solo puede tener un defecto: el de hacer que el público no quiera saber qué pasa después.
Estas son las únicas dos críticas que se le pueden hacer a la historia que es historia. Es el organismo literario más bajo y simple. Sin embargo, es el factor más alto común a todos los organismos tan complicados conocidos como novelas.
Cuando isolamos la historia de este modo de los aspectos más nobles a través de los cuales se desplaza, y la sostenemos con las pinzas —retorciéndose e interminable, el gusano desnudo del tiempo—, presenta un aspecto a la vez poco hermoso y aburrido. Pero tenemos mucho que aprender de ella. Comencemos por considerarla en relación con la vida cotidiana.