Y sobre él, a medida que se despliega, planeará la memoria del lector (ese fulgor apagado de la mente del cual la inteligencia es el brillante borde delantero) y se reordenará y reconsiderará constantemente, viendo nuevas pistas, nuevas cadenas de causa y efecto, y el sentido final (si el argumento ha sido bueno) no será el de pistas o cadenas, sino el de algo estéticamente compacto, algo que el novelista podría haber mostrado de inmediato, solo que, si lo hubiera mostrado de inmediato, nunca habría llegado a ser hermoso.
Nos topamos con la belleza aquí—por primera vez en nuestra investigación—: una belleza a la que un novelista nunca debe aspirar, aunque fracasa si no la alcanza. Más adelante conduciré a la belleza a su lugar correspondiente. Entre tanto, por favor, aceptadla como parte de un argumento acabado. Luce un tanto sorprendida de estar ahí, pero la belleza debe lucir un tanto sorprendida: es la emoción que mejor sienta a su rostro, como bien sabía Botticelli cuando la pintó surgida de las olas, entre los vientos y las flores. La belleza que no luce sorprendida, que acepta su posición como merecida—nos recuerda demasiado a una prima donna.
Pero volvamos a la trama, y lo haremos por medio de George Meredith.
Meredith no es el gran nombre que era hace veinte o treinta años, cuando gran parte del universo y todo Cambridge temblaban. Recuerdo lo deprimido que solía ponerme un verso de uno de sus poemas: «Vivimos solo para ser espada o tajo» (We live but to be sword or block). Yo no quería ser ninguna de las dos cosas y sabía que no era una espada. Parece, sin embargo, que no había motivo real para la depresión, pues el propio Meredith se encuentra ahora más bien en el seno de una ola, y aunque la moda vuelva a girar y lo eleve un poco, nunca volverá a ser la potencia espiritual que fue hacia el año 1900.
Su filosofía no ha envejecido bien. Sus rudos ataques contra el sentimentalismo aburren a la generación actual, que persigue la misma