La naturaleza extraordinaria del libro se manifiesta en dos de sus primeros episodios: el sermón sobre Jonás y la amistad con Queequeg.
El sermón no tiene nada que ver con el cristianismo. Pide resistencia o lealtad sin esperanza de recompensa. El predicador «arrodillado en la proa del púlpito, cruzó sus grandes manos morenas sobre el pecho, alzó los ojos cerrados y ofreció una oración tan profundamente devota que parecía estar arrodillado y rezando en el fondo del mar».
Luego se envalentona cada vez más y concluye con una nota de alegría que resulta mucho más aterradora que una amenaza.
El deleite es para aquel cuyos fuertes brazos aún lo sostienen cuando la nave de este vil y traicionero mundo se ha hundido bajo sus pies. El deleite es para aquel que no da cuartel en la verdad, y mata, quema y destruye todo pecado, aunque lo arranque de debajo de las toperas de Senadores y Jueces. Deleite —deleite de gavia— es para aquel que no reconoce ley ni señor, sino al Señor su Dios, y solo es patriota del cielo. El deleite es para aquel a quien todas las olas y los oleajes de los mares de la turba tumultuosa jamás podrán sacudir de esta segura Quilla de los Siglos. Y deleite y exquisitez eternos serán suyos, quien al recostarse para expirar, pueda decir con su aliento final: ¡Oh Padre!, a quien sobre todo conozco por tu vara, mortal o inmortal, aquí muero. Me he esforzado por ser Tuyo, más que por ser de este mundo o mío propio. Mas esto es nada: te dejo a Ti la eternidad; pues ¿qué es el hombre para que sobreviva al tiempo de vida de su Dios?
Creo que no es una coincidencia que el último barco con el que nos encontramos al final del libro antes de la catástrofe final deba llamarse el