¿No puede la ficción idear un armazón que no sea tan lógico, sino más adecuado a su genio?
Los escritores modernos afirman que sí puede, y ahora examinaremos un ejemplo reciente —una embestida violenta contra el argumento tal como lo hemos definido—: un intento constructivo de poner algo en lugar del argumento.
Ya he mencionado la novela en cuestión: Los monederos falsos (Les Faux Monnayeurs), de André Gide. Contiene entre sus cubiertas ambos métodos.
Gide también ha publicado el diario que llevó mientras escribía la novela, y no hay ninguna razón por la que no deba publicar en el futuro las impresiones que tuvo al releer tanto el diario como la novela, y en el futuro anterior una síntesis aún más definitiva en la que el diario, la novela y sus impresiones de ambos interactúen.
Es, en verdad, un poco más solemne de lo que debería ser un autor con respecto a todo el tinglado, pero, considerado como tinglado, es sumamente interesante y recompensa el estudio minucioso por parte de los críticos.
Tenemos, en primer lugar, una trama en Les Faux Monnayeurs del tipo objetivo lógico que hemos estado considerando—una trama, o más bien fragmentos de tramas. El fragmento principal concierne a un joven llamado Olivier—un personaje encantador, conmovedor y adorable, que pierde la felicidad, y luego la recupera tras un desenlace excelentemente urdido; la confiere también; este fragmento posee un resplandor maravilloso y «vive», si me es permitido usar una palabra tan burda, es una creación lograda según líneas familiares. Pero no es de ningún modo el centro del libro.
Ya no están los otros fragmentos lógicos—el que concierne a Georges, el hermano colegial de Olivier, que pasa moneda falsa y contribuye a