i . Todos los preparativos para el funeral transcurrieron con facilidad y alegría bajo las hábiles manos de la señora Johnson. En la víspera de tan triste ocasión, sacó una reserva de satén negro, la escalerilla de cocina y una caja de tachuelas, y decoró la casa con guirnaldas y lazos negros de muy buen gusto. Ató el llamador con crepé negro, colocó un gran lazo sobre la esquina del grabado en acero de Garibaldi y envolvió el busto de Mr. Gladstone que había perteneció al difunto con vendajes tinosos. Giró los dos floreros que mostraban vistas de Tívoli y la bahía de Nápoles de modo que esos paisajes tan vistosos quedaran ocultos y solo se viera el esmalte azul liso, y se adelantó a la largamente planeada compra de un mantel para la salita, sustituyendo por una funda de color púrpura violáceo los ya muy gastados y descoloridos éxtasis y rosas de felpa sintética que hasta entonces habían cumplido esa función. Todo lo que el cariño y la consideración pudieron hacer para conferir una solemne dignidad a su pequeño hogar se llevó a cabo. > > ii . Como el aire del saloncito estaba cargado con el olor a pastel dulce, busqué con la mirada la mesa de los refrescos; apenas era visible hasta que uno se acostumbraba a la penumbra, pero sobre ella había un pastel de pasas cortado, naranjas troceadas, sándwiches, galletas y dos decantadores que yo conocía muy bien como adornos, pero que jamás había visto usar en toda mi vida: uno lleno de oporto y otro de jerez. Al detenerme junto a esta mesa, cobré conciencia de la presencia del servil Pumblechook con una capa negra y varios metros de crespón en el sombrero, quien alternaba entre atiborrarse y hacer movimientos obsequiosos para llamar mi atención. En cuanto lo logró, se acercó a mí (exhalando aliento
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I. Introductorio
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