Él invita a la crítica porque también es un predicador —es este aspecto menor de él lo que lo vuelve tan difícil y engañoso—, un predicador excesivamente astuto que sabe cómo tocar los nervios de su congregación. Nada resulta más desconcertante que sentarse, por así decirlo, ante tu profeta, y recibir de pronto su bota en la boca del estómago. «Al diablo si voy a ser humilde después de eso», exclamas, y así te dejas vulnerable a una mayor insistencia. Además, el tema del sermón es agitado —denuncias ardientes o consejos—, de modo que al final no puedes recordar si debes o no debes tener un cuerpo, y solo estás seguro de que eres inútil.
Este acoso, y la dulzura almibarada que es la reacción de un acosador, ocupan entre ambos el primer plano de la obra de Lawrence; su grandeza yace muy, muy al fondo, y no descansa, como la de Dostoesvski, sobre el cristianismo, ni como la de Melville sobre una pugna, sino sobre algo estético.
La voz es la voz de Balder, aunque las manos sean las manos de Esaú. El profeta está irradiando la naturaleza desde dentro, de modo que cada color posee un fulgor y cada forma una nitidez que no podrían obtenerse de otro modo.
Tome una escena que siempre permanece en la memoria: esa escena de Mujeres enamoradas (Women in Love) donde uno de los personajes arroja piedras al agua por la noche para destrozar la imagen de la luna.
Por qué las arroja, qué simboliza la escena, carece de importancia. Pero el escritor no podría conseguir esa luna y esa agua de otro modo; llega a ellas por su camino especial que las sella como algo más maravilloso de lo que jamás podríamos imaginar.
Es el profeta de vuelta al punto de partida, de vuelta donde el resto de nosotros estamos esperando al borde del estanque, pero con un poder de recreación y evocación que nosotros jamás poseeremos.