hipócrita ni tonta.
Hacia el final del libro es sorprendida en una tienda de telas por dos dependientas tras el mostrador: «Les habría dirigido buenas palabras, pero no hubo margen para ello: dos dragones de fuego no habrían estado más furiosos de lo que lo estaban ellas»—reclaman a la policía, ella es arrestada y condenada a muerte y, en su lugar, deportada a Virginia. Las nubes de la desgracia se disipan con una rapidez indecente. El viaje resulta muy agradable, gracias a la amabilidad de la anciana que le había enseñado a robar en un principio. Y (lo que es mejor) da la casualidad de que su marido de Lancashire también ha sido deportado. Desembarcan en Virginia donde, para su gran angustia, resulta residir su hermano-marido. Ella lo oculta, él muere, y el marido de Lancashire solo le reprocha habérselo ocultado: no tiene ningún otro motivo de queja, debido a que él y ella siguen enamorados. Así el libro se cierra prósperamente, y tan firme como en la primera frase resuena la voz de la protagonista: «Resolvemos pasar el resto de nuestros años en sincera penitencia por las vidas malvadas que hemos llevado».