Para pasar de este sencillo ejemplo de lo sobrenatural a uno más complicado —a un libro sumamente logrado y magníficamente escrito cuyo espíritu es farsesco—: Zuleika Dobson, de Max Beerbohm. Todos ustedes conocen a la señorita Dobson —no personalmente, o no estarían aquí ahora—. Es aquella doncella por cuyo amor todos los estudiantes de Oxford, salvo uno, se ahogaron durante la semana de regatas, y ese uno se arrojó por una ventana.
Un tema magnífico para una fantasía, pero todo dependerá del tratamiento. Se trata con una mezcla de realismo, ingenio, encanto y mitología, y la mitología es lo más importante. Max ha tomado prestadas o creado una serie de máquinas sobrenaturales; haberle confiado a Zuleika una de ellas habría sido desacertado; la fantasía se habría vuelto pesada o endeble. Pero pasamos de los emperadores sudorosos a las perlas negras y rosas, a los búhos ululantes, a la intervención de la Musa Clío, a los fantasmas de Chopin y George Sand, de Nellie O’Mora; tal como uno falla, otro empieza, para sostener este alegre y exquisito paño fúnebre.
A través de la plaza, cruzando la calle High, bajaron por Grove Street. El duque alzó la vista hacia la torre de Merton, ώς οὔποτ’ αὗθις ἀλλὰ νῦν πανύστατον. Qué extraño que esta noche aún siguiera ahí en pie, con toda su sobria y sólida belleza, mirando todavía, por encima de los tejados y las chimeneas, la torre de Magdalen, su legítima prometida. Durante incontables siglos del futuro se erizaría así, miraría así. Hizo una mueca de dolor. Los muros de Oxford tienen una forma de