Así que la fantasía nos pide que paguemos algo extra.
Distingamos ahora entre fantasía y profecía.
Se asemejan en que tienen dioses, y se diferencian en los dioses que tienen. Hay en ambas el sentido de la mitología que las distingue de otros aspectos de nuestro tema.
Por consiguiente, una invocación vuelve a ser posible; en nombre de la fantasía, invocaos ahora a todos los seres que habitan el aire bajo, las aguas poco profundas y las colinas más pequeñas, a todos los Faunos y Dríades y resquicios de la memoria, a todas las coincidencias verbales, Panes y juegos de palabras, a todo lo medieval de este lado de la tumba.
Cuando lleguemos a la profecía, no proferiremos ninguna invocación, pero esta habrá sido dirigida a lo que trasciende nuestras capacidades, aun cuando sea la pasión humana la que las trasciende, a las deidades de la India, Grecia, Escandinavia y Judea, a todo lo medieval más allá de la tumba y a Lucifer, hijo de la mañana.
Por sus mitologías distinguiremos estas dos clases de novelas.
Unos cuantos dioses más bien pequeños deberían rondarnos hoy; los llamaría hadas si la palabra no estuviera consagrada a la imbecilidad. (¿Crees en las hadas? No, bajo ningún concepto.) La materia de la vida cotidiana será zarandeada y tensada en varias direcciones, la tierra recibirá pequeñas inclinaciones traviesas o melancólicas, los focos caerán sobre objetos que no tienen razón para anticiparlos o acogerlos, y la propia tragedia, aunque no excluida, tendrá un aire fortuito, como si una palabra pudiera desarmarla. El poder de la fantasía penetra en cada rincón del universo, pero no en las fuerzas que lo gobiernan —las estrellas que son el cerebro del cielo, el ejército de la ley inmutable, permanecen intactas—, y las novelas de este tipo tienen un aire improvisado, que es el secreto de su fuerza y su encanto. Pueden contener