Por eso, en el curso bastante tambaleante que tenemos por delante, no podemos considerar la ficción por periodos, no debemos contemplar el fluir del tiempo.
Otra imagen se adapta mejor a nuestras capacidades: la de todos los novelistas escribiendo sus novelas al mismo tiempo. Provienen de diferentes épocas y clases sociales, tienen diferentes temperamentos y propósitos, pero todos sostienen plumas en sus manos y están en pleno proceso de creación.
Echemos un vistazo por encima de sus hombros un momento y veamos qué están escribiendo. Tal vez eso exorcice al demonio de la cronología que actualmente es nuestro enemigo y que (descubriremos la próxima semana) a veces también es el de ellos.
«Oh, qué enemistad insaciable es esta que el Tiempo mantiene con los hijos de los hombres», exclama Herman Melville, y la enemistad continúa no solo en la vida y en la muerte, sino en los recovecos de la creación y la crítica literarias.
Evitémosla imaginando que todos los novelistas están trabajando juntos en una habitación circular. No mencionaré sus nombres hasta que hayamos escuchado sus palabras, porque un nombre trae consigo asociaciones, fechas, chismes, todo el mobiliario del método que estamos descartando.
Se les ha dado la instrucción de agruparse en parejas. Nos acercamos a la primera pareja y leemos lo siguiente:—
i . No sé qué hacer—yo no. ¡Dios me perdone, pero estoy muy impaciente! Desearía—pero no sé qué desear sin cometer pecado. ¡Pues bien quisiera que pluguiera a Dios llevarme a su misericordia!—Aquí no puedo