La trama
“El carácter”, dice Aristóteles, “nos otorga cualidades, pero es en las acciones —lo que hacemos— donde somos felices o lo contrario”. Ya hemos decidido que Aristóteles se equivoca y ahora debemos afrontar las consecuencias de estar en desacuerdo con él. “Toda la felicidad y la miseria humanas”, dice Aristóteles, “toman la forma de acción”. Nosotros sabemos más. Creemos que la felicidad y la miseria existen en la vida secreta, la cual cada uno de nosotros lleva en privado y a la que (en sus personajes) el novelista tiene acceso. Y por vida secreta entendemos aquella vida de la que no hay pruebas externas, no, como se supone vulgarmente, la que se revela por una palabra casual o un suspiro. Una palabra casual o un suspiro son pruebas tanto como un discurso o un asesinato: la vida que revelan deja de ser secreta y entra en el reino de la acción.
No hay motivo, sin embargo, para ensañarse con Aristóteles. Había leído pocas novelas y ninguna moderna —la Odisea, pero no el Ulises—, era por temperamento reacio al secretismo y, en verdad, consideraba la mente humana como una especie de barrilete del cual todo puede extraerse al final; y cuando escribió las palabras citadas más arriba, tenía en mente el drama, donde sin duda son ciertas. En el drama toda felicidad y miseria humana toma y debe tomar la forma de la acción. De otro modo, su existencia sigue siendo desconocida, y esta es la gran diferencia entre el drama y la novela.
La especialidad de la novela es que el escritor puede hablar de sus personajes tanto como a través de ellos, o puede lograr que escuchemos cuando hablan consigo mismos.