oculista un tanto demasiado de primera categoría. Todo está ajustado a su visión, sin embargo no es un quietista; no, esa es la fuerza del recurso: nos lleva consigo, nos movemos además de mirar.
Cuando desembarca en Inglaterra (y un desembarque es para James una experiencia exaltada y perdurable, es tan vital como Newgate para Defoe; la poesía y la vida se agolpan en torno a un desembarque): cuando Strether desembarca, aunque se trate tan solo de la vieja Inglaterra, empiezan a asaltarle las dudas sobre su misión, las cuales aumentan cuando llega a París.
Pues Chad Newsome, lejos de haberse perdidos, ha mejorado; está distinguido, está tan seguro de sí mismo que puede ser amable y cordial con el hombre que tiene órdenes de llevárselo de vuelta; sus amigos son exquisitos, y en cuanto a «las mujeres de por medio» que su madre presagiaba, no hay rastro de ellas por ninguna parte.
Es París lo que lo ha engrandecido y redimido, ¡y qué bien lo comprende el propio Strether!
Su mayor inquietud parecía asomarse a hurtadillas a través de la posible impresión de que casi cualquier aceptación de París podía comprometer la autoridad de uno. Se cernía ante él esa mañana, la vasta y luminosa Babilonia, como un objeto enorme e iridiscente, una joya brillante y dura en la que no se distinguían las partes ni se marcaban cómodamente las diferencias. Centelleaba, temblaba y se fundía en un todo; y lo que un momento parecía pura superficie, al siguiente parecía pura profundidad. Era un lugar del que, innegablemente, Chad estaba enamorado; por lo que, si a él, a Strether, le gustaba demasiado, ¿qué diablos iba a ser de cualquiera de los dos con semejante vínculo?