una cosa en común que las tierras alrededor del ecuador no comparten: un eje. Lo esencial en Sterne y Melville pertenece a este nuevo aspecto de la ficción: el eje fantástico-profético. George Meredith lo rozó: era un tanto fantástico. Lo mismo hizo Charlotte Brontë: era una profetisa de vez en cuando. Pero en ninguno de los dos era esencial. Privémoslos de él, y queda un libro que aún se parece a Harry Richmond o a Shirley. Privémos de él a Sterne o Melville, privémoslo a Peacock, a Max Beerbohm, a Virginia Woolf, a Walter de la Mare, a William Beckford, a James Joyce, a D. H. Lawrence o a Swift, y no queda absolutamente nada.
Nuestro método más sencillo para definir cualquier aspecto de la ficción consiste siempre en considerar el tipo de exigencia que le plantea al lector.
- Curiosidad por la historia, sentimientos humanos y un sentido del valor para los personajes, inteligencia y memoria para la trama.
¿Qué nos pide la fantasía? Nos pide pagar algo extra. Nos compele a una adaptación distinta de la que requiere una obra de arte, a una adaptación adicional.
Los demás novelistas dicen «Aquí hay algo que podría ocurrir en sus vidas», el fantasista dice «He aquí algo que no podría ocurrir. Debo pedirles, primero, que acepten mi libro como un todo, y segundo, que acepten ciertas cosas dentro de mi libro».
Muchos lectores pueden conceder la primera solicitud, pero se niegan a la segunda. «Uno sabe que un libro no es real —dicen—, aun así uno espera que sea natural, y este ángel o este enano o este fantasma o esta tonta demora en el nacimiento del niño... no, es demasiado».
O bien retiran su concesión original y dejan de leer, o bien, si continúan, lo hacen con total indiferencia, y observan las piruetas del autor sin darse cuenta de cuánto pueden significar para él.