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nydus/Aspects of the NovelPublic
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II. The Story

Sí⁠—ay, Dios, sí⁠—la novela cuenta una historia. Ese es el aspecto fundamental sin el cual no podría existir. Ese es el factor supremo común a todas las novelas, y desearía que no fuera así, que pudiera ser algo diferente⁠—melodía, o percepción de la verdad, no esta baja forma atávica.

Pues cuanto más miramos la historia (la historia que es una historia, entiéndase), cuanto más la desprendemos de los más finos crecimientos que sustenta, menos encontraremos que admirar. Corre como una columna vertebral —o podría decir una solitaria, pues su principio y su fin son arbitrarios—. Es inmensamente antigua —se remonta a los tiempos neolíticos, tal vez a los paleolíticos—. El hombre de Neandertal escuchaba historias, si a juzgar por la forma de su cráneo se puede.

El público primitivo era un público de cabezas desgreñadas, boquiabiertas alrededor de la hoguera, fatigadas de luchar contra el mamut o el rinoceronte lanudo, y a las que solo el suspense mantenía despiertas. ¿Qué ocurriría a continuación? El novelista zumbaba sin cesar y, tan pronto como el público adivinaba lo que ocurría a continuación, o bien se quedaba dormido o lo mataba. Podemos hacernos una idea de los peligros que se corrían si pensamos en la trayectoria de Sherezade en épocas algo posteriores.

Sherezade evitó su destino porque sabía cómo esgrimir el arma del suspense, la única herramienta literaria que surte algún efecto en los tiranos y los salvajes. Por gran novelista que fuera —exquisita en sus descripciones, tolerante en sus juicios, ingeniosa en sus peripecias, avanzada en su moral, vívida en sus delineaciones de personajes, experta en su conocimiento de tres capitales orientales—, no fue en ninguno de estos dones en los que confió al intentar salvar la vida de su intolerable esposo. Eran tan solo accesorios. Tan solo sobrevivió porque se las arregló para mantener al rey preguntándose qué pasaría a continuación. Cada vez que veía despuntar el sol, se detenía en mitad de una frase y lo dejaba

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