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nydus/Aspects of the NovelPublic
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Fantasía

Noche se yerguen en su reino encantado a la espera de los pensamientos del autor, y cuando estos se vierten en ellos, cobran vida y nace una obra nueva y exquisita. Y lo mismo ocurre con otra fantasía, todo menos exquisita: el Ulysses de James Joyce. Ese notable asunto —tal vez el experimento literario más interesante de nuestra época— no habría podido llevarse a cabo a menos que Joyce hubiera tenido, como guía y blanco, el mundo de la Odyssey.

Solo estoy tocando un aspecto de Ulices: es, por supuesto, algo más que una fantasía: es un intento tenaz de cubrir el universo de barro, es un victorianismo invertido, un intento de hacer que la impertinencia y la inmundicia triunfen donde la dulzura y la luz fracasaron, una simplificación del carácter humano en aras del Infierno. Todas las simplificaciones son fascinantes, todas nos alejan de la verdad (que se halla mucho más cerca del embrollo de Tristram Shandy), y Ulices no debe detenernos bajo el pretexto de que contiene una moralidad, pues de otro modo también tendríamos que hablar de la señora Humphry Ward. Nos concierne porque, a través de una mitología, Joyce ha sido capaz de crear el peculiar escenario y los personajes que necesitaba.

La acción de esas 400.000 palabras abarca un solo día, el escenario es Dublín, el tema es un viaje —el viaje del hombre moderno de la mañana a la medianoche, desde la cama hasta las sórdidas tareas de la mediocridad, hacia un funeral, una redacción de periódico, una biblioteca, un pub, un retrete, un hospital de maternidad, un paseo por la playa, un burdel, un puesto de café, y de regreso a la cama. Y todo ello cobra cohesión porque pende del viaje de un héroe por los mares de Grecia, como un murciélago colgado de una cornisa.

El propio Ulises es el señor Leopold Bloom⁠—un judío converso⁠—, codicioso, lascivo, tímido, indigno, desultorio, superficial, bondadoso y siempre en su peor momento cuando pretende aspirar a algo. Intenta explorar la vida a través del cuerpo. Penélope es la señora Marion Bloom,

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