espectaculares y, por ende, útiles de su carácter— y descarta todas las demás. Todo lo que no encaja en estos rasgos especialmente elegidos se elimina —tiene que eliminarse, pues de otro** modo la descripción haría aguas—. Tales y cuales son los datos: todo lo incompatible con esos datos debe descartarse por completo. De ello se deduce que el toque del novelista argumenta, a menudo lógicamente, a partir de una premisa errónea: toma lo que le gusta y deja el resto. Los hechos pueden ser correctos hasta cierto punto, pero son demasiado escasos: lo que el autor dice puede ser verdad y, sin embargo, no ser en absoluto la verdad. Ese es el toque del novelista. Falsifica la vida.
Bueno, el toque del novelista así definido es, por supuesto, malo en la biografía, pues ningún ser humano es simple. Pero en una novela tiene su lugar: una novela que sea mínimamente compleja a menudo requiere personajes planos además de redondos, y el resultado de sus colisiones se asemeja a la vida con mayor precisión de lo que el señor Douglas da a entender.
El caso de Dickens es significativo. La gente de Dickens es casi toda plana (Pip y David Copperfield intentan la tridimensionalidad, pero con tanta timidez que parecen más burbujas que sólidos).
Casi todo el mundo puede resumirse en una frase y, sin embargo, existe esa maravillosa sensación de profundidad humana. Probablemente la inmensa vitalidad de Dickens hace que sus personajes vibren un poco, de modo que toman prestada su vida y parecen llevar una propia.
Es un truco de magia; en cualquier momento podemos mirar al señor Pickwick de perfil y descubrir que no es más grueso que un disco de gramófono. Pero nunca obtenemos la vista de perfil. El señor Pickwick es demasiado hábil y está muy bien entrenado. Siempre da la impresión de pesar algo, y cuando lo meten en el armario de la escuela de señoritas parece tan pesado como Falstaff en el cesto de la colada en Windsor.