Aun así, este no es el final de nuestra búsqueda. Todavía no renunciaremos a la esperanza de la belleza. ¿No se la podrá introducir en la ficción mediante algún otro método que no sea el patrón? Acerquémonos con cierto nerviosismo a la idea de «ritmo».
El ritmo es a veces muy fácil. La Quinta Sinfonía de Beethoven, por ejemplo, empieza con el ritmo «tatatán», que todos podemos oír y marcar con los dedos. Pero la sinfonía en su conjunto tiene también un ritmo —debido principalmente a la relación entre sus movimientos— que algunas personas pueden oír, pero que nadie puede marcar. Este segundo tipo de ritmo es difícil, y solo un músico podría decirnos si es sustancialmente el mismo que el primero. Lo que un hombre de letras quiere decir, sin embargo, es que el primer tipo de ritmo, el tatatán, puede encontrarse en ciertas novelas y otorgarles belleza. Y el otro ritmo, el difícil —el de la Quinta Sinfonía como un todo—, no puedo citarles ningún paralelo en la ficción, aunque puede estar presente.
El ritmo, en el sentido más simple, se ilustra con la obra de Marcel Proust.
La conclusión de Proust aún no se ha publicado, y sus admiradores dicen que, cuando llegue, todo encajará en su lugar, el tiempo pasado será recuperado y fijado, tendremos un todo perfecto. Yo no lo creo. La obra me parece una confesión progresiva más que estética, y con la elaboración de Albertine el autor se iba cansando.
Pueden esperarnos algunas noticias, pero será sorprendente si tenemos que revisar nuestra opinión sobre el libro entero. El libro es caótico, mal construido, no tiene ni tendrá una forma externa; y, sin embargo, se sostiene porque está cosido por dentro, porque contiene ritmos.