estoicamente esperando, desprendiendo una potencia de silencio. Quizá solo estuvieran esperando el fin; a ser cortados, arrasados, el fin del bosque, para ellos el fin de todas las cosas. Pero tal vez su fuerte y aristocrático silencio, el silencio de los árboles vigorosos, significaba otra cosa.
Al salir del bosque por el lado norte, la caseta del guardabosques, una cabaña de piedra marrón y bastante oscura, con gabletes y una hermosa chimenea, parecía deshabitada, de lo silenciosa y solitaria que estaba.
Pero un hilo de humo ascendía de la chimenea, y el pequeño jardín cercado frente a la casa estaba cavado y muy bien arreglado.
La puerta estaba cerrada.
Ahora que estaba allí, se sentía un poco intimidada por el hombre, con sus curiosos ojos clarividentes. No le gustaba llevarle recados y le apetecía volver a marcharse.
Dio unos nudillos suaves; nadie acudió. Volvió a llamar, pero aún sin fuerza. No hubo respuesta. Miró a hurtadillas por la ventana y vio la oscura salita, con su privacidad casi siniestra, que no quería ser invadida.
Se puso en pie y escuchó, y le pareció oír ruidos en la parte trasera de la cabaña.
Al no haber conseguido hacerse oír, su temple se inflamó; no iba a dejarse vencer.
Así que dio la vuelta a la casa. Detrás de la casita el terreno se elevaba abruptamente, de modo que el patio trasero quedaba hundido y cercado por un bajo muro de piedra. Dobló la esquina de la casa y se detuvo. En el pequeño patio, a dos pasos de ella, el hombre se estaba lavando, ajeno por completo. Estaba desnudo de cintura para arriba, con los