La nuestra es esencialmente una época trágica, por lo que nos negamos a tomarla trágicamente.
El cataclismo ha ocurrido, estamos entre las ruinas, empezamos a construir nuevos pequeños hábitats, a albergar nuevas pequeñas esperanzas.
Es un trabajo más bien arduo: ya no hay un camino sin baches hacia el futuro, pero lo rodeamos o trepamos por los obstáculos. Tenemos que vivir, sin importar cuántos cielos se hayan derrumbado.
Esta era más o menos la situación de Constance Chatterley. La guerra le había derrumbado el tejado sobre la cabeza. Y se había dado cuenta de que hay que vivir y aprender.
Se casó con Clifford Chatterley en 1917, cuando este vino a pasar un mes de permiso a casa. Tuvieron un mes de luna de miel. Luego él regresó a Flandes; para ser enviado de vuelta a Inglaterra seis meses más tarde, más o menos hecho pedazos. Constance, su esposa, tenía entonces veintitrés años, y él veintinueve.
Su aferramiento a la vida era maravilloso. No murió, y los pedazos parecieron volver a unirse. Durante dos años permaneció en manos del médico. Luego fue declarado curado, y pudo volver a la vida de nuevo, con la mitad inferior de su cuerpo, de las caderas hacia abajo, paralizada para siempre.
Esto fue en 1920. Regresaron, Clifford y Constance, a su hogar, Wragby Hall, el «asiento» de la familia.