Su padre había muerto, Clifford era ahora un baronet, Sir Clifford, y Constance era Lady Chatterley. Vinieron a iniciar el gobierno de la casa y la vida matrimonial en el hogar bastante desolado de los Chatterley con unos ingresos más bien escasos. Clifford tenía una hermana, pero se había marchado. Aparte de eso, no había parientes cercanos. El hermano mayor había muerto en la guerra. Inválido para siempre, sabiendo que nunca podría tener hijos, Clifford volvió a las brumosas Tierras Medias para mantener vivo el apellido Chatterley mientras pudiera.
No estaba en realidad abatido. Podía desplazarse en silla de ruedas, y tenía una silla de inválidos con un pequeño motor adaptado, de modo que podía pasearse despacio por el jardín y adentrarse en aquel hermoso y melancólico parque, del que en verdad estaba tan orgulloso, aunque fingiera tomárselo a la ligera.
Habiendo sufrido tanto, la capacidad de sufrir se le había agotado en cierta medida. Seguía siendo extraño, brillante y alegre, casi podría decirse que jovial, con su rostro rubicundo y de aspecto saludable, y sus ojos de un azul pálido, brillantes y desafiantes.
Sus hombros eran anchos y fuertes, sus manos muy fuertes. Vestía con elegancia y llevaba corbatas hermosas de Bond Street. Sin embargo, en su rostro aún se advertía la mirada vigilante, la leve vaciedad de un lisiado.
Había estado tan cerca de perder la vida, que lo que le quedaba le resultaba maravillosamente precioso. Se veía en el brillo ansioso de sus ojos lo orgulloso que estaba, tras el gran sobresaltos, de seguir vivo. Pero había quedado tan malherido que algo dentro de él había perecido, algunos de sus sentimientos se habían esfumado. Quedaba un vacío de insensibilidad.