Constance, su mujer, era una muchacha sonrosada y de aspecto rural, de suave cabello castaño, cuerpo robusto y movimientos lentos, llena de una energía inusual.
Tenía grandes ojos curiosos y una voz suave y apacible, y parecía recién llegada de su pueblo natal. No era así en absoluto.
- Su padre era el que fuera muy conocido académico de la Real Academia, el viejo sir Malcolm Reid.
- Su madre había sido una de las fabianas cultas en los tiempos florecientes, más bien prerrafaelistas.
Entre artistas y socialistas cultos, Constance y su hermana Hilda tuvieron lo que podría llamarse una educación estéticamente poco convencional. Las habían llevado a París, Florencia y Roma para respirar arte, y las habían llevado también en la otra dirección, a La Haya y Berlín, a grandes convenciones socialistas, donde los oradores hablaban en todas las lenguas civilizadas y nadie se sentía intimidado.
Por consiguiente, las dos niñas no se sintieron desanimadas lo lo más mínimo, desde una edad temprana, ni por el arte ni por la política ideal. Era su atmósfera natural. Eran a la vez cosmopolitas y provincianas, con el provincialismo cosmopolita del arte que acompaña a los ideales sociales puros.
Habían sido enviadas a Dresde a la edad de quince años, para estudiar música entre otras cosas. Y allí se lo habían pasado bien. Vivían libremente entre los estudiantes, discutían con los hombres sobre asuntos filosóficos, sociológicos y artísticos, eran tan buenas como los hombres mismos; solo que mejores, ya que eran mujeres. Y se iban de excursión a los bosques con robustos jóvenes cargados de guitarras, ¡tlan-tlan! Cantaban las canciones de los Wandervogel, y eran libres. ¡Libres! Esa era la gran palabra. Allá afuera en el mundo abierto, en los bosques de la mañana, con apuestos y lozanos mozos de gargantas vibrantes, libres de