Esta donación dio origen a dos conocidos epigramas, que han sido citados erróneamente con frecuencia. El doctor Trapp, primer profesor de Poesía en Oxford, expresó el disgusto de su universidad en estos versos—
Sir William Browne, el médico, planteó el caso de Cambridge de una forma que arrancó los elogios del oxoniense Samuel Johnson—
Cuando el lord tesorero Harley le recomendó a la reina Ana que comprara los manuscritos de sir Symonds d’Ewes por ser la colección más rica de Inglaterra después de la de sir Robert Cotton, y que los donara a una biblioteca pública, la reina respondió: «No era ninguna virtud para ella, una mujer, preferir, como hacía, las artes a las armas; pero mientras la sangre y el honor de una nación estuvieran en juego en sus guerras, no podía, hasta haber asegurado a sus súbditos vivos una paz honrosa, gastar el dinero de estos en letras muertas».
A raíz de aquello, el lord tesorero compró la colección por 6000 libras.4
La colección completa de los manuscritos harleianos (uno de los mayores tesoros de la Biblioteca del Museo Británico), que consta de 7639 volúmenes, sin contar 14 236 rollos originales, cartas, escrituras y otros documentos legales, fue comprada por el Gobierno por 10 000 libras, tan solo 4000 libras más de lo que el conde de Oxford había pagado solo por los manuscritos de sir Symonds d’Ewes.
La magnífica biblioteca del conde de Sunderland estuvo albergada durante varios años en la mansión que antiguamente se erigía en el solar del Albany, en Piccadilly. Fue trasladada a Blenheim en 1749, donde permaneció hasta la gran venta de 1881-83.
Oldys relata que el rey de Dinamarca ofreció a los herederos de Lord Sunderland 30.000 libras por la biblioteca,5 y que la gran duquesa Sarah de Marlborough era partidaria de que se aceptara la oferta, pero no fue así.