EL intento de concebir imaginativamente un orden mejor para la sociedad humana que el caos destructivo y cruel en el que la humanidad ha existido hasta ahora no es en absoluto moderno: es al menos tan antiguo como Platón, cuya «República» sentó el modelo para las Utopías de los filósofos posteriores.
Quien contempla el mundo a la luz de un ideal —ya sea lo que busca el intelecto, o el arte, o el amor, o la simple felicidad, o todo en conjunto— debe sentir un gran dolor ante los males que los hombres permiten innecesariamente que continúen, y —si es un hombre de fuerza y energía vital— un deseo urgente de guiar a los hombres hacia la realización del bien que inspira su visión creativa.
Es este deseo el que ha sido la fuerza primordial que ha movido a los pioneros del socialismo y del anarquismo, del mismo modo que movió a los inventores de mancomunidades ideales en el pasado. En esto no hay nada nuevo.
Lo que hay de nuevo en el socialismo y en el anarquismo es esa estrecha relación del ideal con los sufrimientos presentes de los hombres, que ha permitido que poderosos movimientos políticos surjan de las esperanzas de pensadores solitarios. Es esto lo que hace que el socialismo y el anarquismo sean importantes, y es esto lo que los hace peligrosos para aquellos que se aprovechan, consciente o inconscientemente, de los males de nuestro orden social actual.
La gran mayoría de los hombres y mujeres, en los tiempos ordinarios, pasan por la vida sin contemplar ni criticar jamás, en su conjunto, ni sus propias condiciones ni las del mundo en general.