SOCIALISMO, como todo lo que es vital, es más bien una tendencia que un cuerpo de doctrina estrictamente definible.
Una definición del socialismo seguramente incluirá algunas opiniones que muchos considerarían no socialistas, o excluirá otras que pretenden estar incluidas. Pero creo que nos acercaremos más a la esencia del socialismo si lo definimos como la defensa de la propiedad comunal de la tierra y el capital.
La propiedad comunal puede significar la propiedad por parte de un Estado democrático, pero no puede considerarse que incluye la propiedad por parte de ningún Estado que no sea democrático. La propiedad comunal también puede entenderse, como la entiende el comunismo anarquista, en el sentido de propiedad por la libre asociación de los hombres y mujeres en una comunidad sin esos poderes coactivos que son necesarios para constituir un Estado.
Algunos socialistas esperan que la propiedad comunitaria llegue de manera repentina y completa mediante una revolución catastrófica, mientras que otros esperan que lo haga gradualmente, primero en una industria y luego en otra. Algunos insisten en la necesidad de que la adquisición de la tierra y del capital por parte del público sea completa, mientras que otros se conformarían con ver islas persistentes de propiedad privada, siempre que no fueran demasiado extensas o poderosas. Lo que todas las formas tienen en común es la democracia y la abolición, virtual o completa, del actual sistema capitalista.
La distinción entre socialistas, anarquistas y sindicalistas se basa en gran medida en el tipo de democracia que desean.
- Los socialistas ortodoxos se conforman con la democracia parlamentaria en el ámbito del gobierno, sosteniendo que los males que hoy se manifiestan en esta forma de constitución desaparecerían con la desaparición del capitalismo.
- Los anarquistas y sindicalistas, por otro lado, se oponen a toda la maquinaria parlamentaria y aspiran a un método diferente para regular los asuntos políticos de la comunidad.
Pero todos por igual son democráticos en el sentido de que aspiran a abolir todo tipo de privilegio y todo tipo de desigualdad artificial; todos por igual son defensores del asalariado en la sociedad actual.
Los tres tienen también mucho en común en su doctrina económica. Los tres consideran el capital y el sistema salarial como un medio para explotar al trabajador en interés de las clases propietarias, y sostienen que la propiedad comunitaria, bajo una forma u otra, es el único medio de llevar la libertad a los productores.
Pero dentro del marco de esta doctrina común hay muchas divergencias, e incluso entre aquellos que deben ser llamados estrictamente socialistas, hay una diversidad muy considerable de escuelas.
Puede decirse que el socialismo como fuerza en Europa comienza con Marx. Es verdad que antes de su tiempo hubo teorías socialistas, tanto en Inglaterra como en Francia. También es verdad que en Francia, durante la revolución de 1848, el socialismo adquirió durante un breve período una influencia considerable en el Estado.
Pero los socialistas que precedieron a Marx tendían a entregarse a sueños utópicos y no lograron fundar ningún partido político fuerte o estable. A Marx, en colaboración con Engels, se deben tanto la formulación de un cuerpo coherente de doctrina socialista, lo suficientemente verdadero o plausible como para dominar las mentes de un vasto número de hombres, como la formación del movimiento socialista internacional, que no ha dejado de crecer en todos los países europeos a lo largo de los últimos cincuenta años.
Para comprender la doctrina de Marx, es necesario conocer algo de las influencias que conformaron su perspectiva.
Nació en 1818 en Tréveris, en la provincia del Rin; su padre era un funcionario judicial, un judío que había aceptado nominalmente el cristianismo.
Marx estudió jurisprudencia, filosofía, economía política e historia en varias universidades alemanas. En filosofía asimiló las doctrinas de Hegel, quien entonces se hallaba en la cúspide de su fama, y algo de dichas doctrinas dominó su pensamiento a lo largo de su vida.
Al igual que Hegel, vio en la historia el desarrollo de una Idea. Concebía los cambios en el mundo como la conformación de un desarrollo lógico, en el cual una fase pasa mediante la revolución a otra que es su antítesis —una concepción que otorgó a sus puntos de vista una cierta rigidez abstracta, así como una creencia en la revolución más que en la evolución—. Pero de las doctrinas más definidas de Hegel Marx no conservó nada después de su juventud.
Se le reconocía como un estudiante brillante, y podría haber tenido una carrera próspera como profesor o funcionario, pero su interés por la política y sus opiniones radicales lo condujeron por caminos más arduos. Ya en 1842 se convirtió en redactor de un periódico, el cual fue prohibido por el Gobierno prusiano a principios del año siguiente debido a sus ideas avanzadas. Esto llevó a Marx a marchar a París, donde se dio a conocer como socialista y adquirió conocimiento de sus predecesores franceses.1
Aquí, en el año 1844, comenzó su amistad de toda la vida con Engels, quien hasta entonces se había dedicado a los negocios en Manchester, donde se había familiarizado con el socialismo inglés y había adoptado en lo sustancial sus doctrinas.2
En 1845 Marx fue expulsado de París y se fue a vivir a Bruselas con Engels. Allí fundó una Asociación Alemana de Obreros y editó un periódico que era su órgano de expresión. A través de sus actividades en Bruselas, entró en contacto con la Liga Comunista Alemana de París, cuyos miembros invitaron a él y a Engels, a finales de 1847, a redactar un manifiesto para ellos, el cual apareció en enero de 1848.
Este es el famoso «Manifiesto comunista», en el que se expone por primera vez el sistema de Marx. Apareció en un momento propicio. Al mes siguiente, en febrero, estalló la revolución en París y, en marzo, se extendió a Alemania.
El miedo a la revolución llevó al Gobierno de Bruselas a expulsar a Marx de Bélgica, pero la revolución alemana hizo posible que regresara a su propio país. En Alemania volvió a dirigir un periódico, lo que de nuevo le acarreó un conflicto con las autoridades, cada vez más severo a medida que la reacción cobraba fuerza.
En junio de 1849, su periódico fue suprimido y él fue expulsado de Prusia. Regresó a París, pero de allí también fue expulsado. Esto lo llevó a establecerse en Inglaterra —por entonces un asilo para los amigos de la libertad— y en Inglaterra, con solo breves intervalos con fines de agitación, continuó viviendo hasta su muerte en 1883.
La mayor parte de su tiempo la ocupaba en la composición de su gran libro, «El capital».3 Su otra obra importante durante sus últimos años fue la formación y difusión de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Desde 1849 en adelante, la mayor parte de su tiempo la pasó en el Museo Británico, acumulando, con paciencia alemana, los materiales para su terrible acusación contra la sociedad capitalista, pero conservó su control sobre el movimiento socialista internacional. En varios países tenía yernos como lugartenientes, a la manera de los hermanos de Napoleón, y en los diversos conflictos internos que surgieron, su voluntad por lo general prevalecía.
Lo más esencial de las doctrinas de Marx puede reducirse a tres:
- primero, lo que se llama la interpretación materialista de la historia;
- segundo, la ley de la concentración del capital; y,
- tercero, la guerra de clases.
- La interpretación materialista de la historia.— Marx sostiene que, en lo fundamental, todos los fenómenos de la sociedad humana tienen su origen en las condiciones materiales, y estas considera que se encarnan en los sistemas económicos. Las constituciones políticas, las leyes, las religiones, las filosofías—todo esto lo considera, en sus grandes líneas, como expresiones del régimen económico de la sociedad que les da origen. Sería injusto representarlo como sosteniendo que el motivo económico consciente es el único de importancia; más bien ocurre que la economía moldea el carácter y la opinión, y es por tanto la fuente primordial de mucho de lo que aparece en la conciencia sin tener conexión aparente con ella.
Él aplica su doctrina en particular a dos revoluciones, una en el pasado, la otra en el futuro.
- La revolución en el pasado es la de la burguesía contra el feudalismo, que halla su expresión, según él, particularmente en la Revolución francesa.
- La del futuro es la revolución de los asalariados, o proletariado, contra la burguesía, que debe establecer la Mancomunidad Socialista.
Todo el curso de la historia es visto por él como necesario, como el efecto de causas materiales que actúan sobre los seres humanos. No defiende tanto la revolución socialista como la predice. Sostiene, es cierto, que será beneficiosa, pero le preocupa mucho más demostrar que ha de venir inevitablemente.
Esa misma sensación de necesidad se manifiesta en su exposición de los males del sistema capitalista. No culpa a los capitalistas por las crueldades de las que demuestra que han sido culpables; simplemente señala que se encuentran bajo la necesidad intrínseca de portarse con crueldad mientras continúe la propiedad privada de la tierra y del capital. Pero su tiranía no durará para siempre, pues genera las fuerzas que al final han de derrocarla.
- La ley de la concentración del capital.— Marx señaló que las empresas capitalistas tienden a hacerse cada vez más grandes. Previó la sustitución de la libre competencia por los fideicomisos (trusts), y predijo que el número de empresas capitalistas debía disminuir a medida que aumentaba la magnitud de las empresas individuales. Supuso que este proceso debía implicar una disminución, no solo en el número de negocios, sino también en el número de capitalistas. En efecto, solía hablar como si cada negocio fuera propiedad de un solo hombre. En consecuencia, esperaba que los hombres fueran continuamente arrojados de las filas de los capitalistas a las del proletariado, y que los capitalistas, con el tiempo, fueran debilitándose numéricamente cada vez más. Aplicó este principio no solo a la industria sino también a la agricultura. Esperaba ver que los terratenientes fueran cada vez menos mientras sus fincas crecían cada vez más. Este proceso haría cada vez más patentes los males y las injusticias del sistema capitalista, y estimularía cada vez más las fuerzas de oposición.
- The Class War.—Marx conceives the wage- earner and the capitalist in a sharp antithesis. He imagines that every man is, or must soon become, wholly the one or wholly the other. The wage- earner, who possesses nothing, is exploited by the capitalists, who possess everything. As the capitalist system works itself out and its nature becomes more clear, the opposition of bourgeoisie and proletariat becomes more and more marked. The two classes, since they have antagonistic interests, are forced into a class war which generates within the capitalist regime internal forces of disruption. The working men learn gradually to combine against their exploiters, first locally, then nationally, and at last internationally. When they have learned to combine internationally they must be victorious. They will then decree that all land and capital shall be owned in common; exploitation will cease; the tyranny of the owners of wealth will no longer be possible; there will no longer be any division of society into classes, and all men will be free.
Todas estas ideas están ya contenidas en el "Manifiesto comunista", una obra de la más asombrosa pujanza y fuerza, que expone con concisa síntesis las fuerzas titánicas del mundo, su batalla épica y la consumación inevitable.
Esta obra es de tal importancia en el desarrollo del socialismo y ofrece una exposición tan admirable de las doctrinas expuestas con mayor extensión y pedantería en "El capital", que sus pasajes más sobresalientes deben ser conocidos por todo aquel que desee comprender el ascendiente que el socialismo marxista ha adquirido sobre el intelecto y la imaginación de una gran proporción de los líderes de la clase trabajadora.
"Un fantasma recorre Europa", comienza, "el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa alianza para acosator este fantasma: el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los policías alemanes. ¿Qué partido de oposición no ha sido tachado de comunista por sus adversarios en el poder? ¿Qué oposición, a su vez, no ha lanzado el reproche vituperante de comunismo tanto a los partidos de oposición más avanzados como a sus adversarios reaccionarios?"
The existence of a class war is nothing new:
"The history of all hitherto existing society is the history of class struggles."
In these struggles the fight "each time ended, either in a revolutionary re-constitution of society at large, or in the common ruin of the contending classes."
"Nuestra época, la época de la burguesía... ha simplificado los antagonismos de clase. La sociedad entera va dividiéndose, cada vez más, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases que se enfrentan directamente: la burguesía y el proletariado".
Sigue luego una historia de la caída del feudalismo, que conduce a una descripción de la burguesía como fuerza revolucionaria.
"La burguesía, históricamente, ha desempeñado un papel altamente revolucionario".
"En lugar de la explotación velada por ilusiones religiosas y políticas, ha establecido una explotación abierta, descarada, directa y brutal".
"La necesidad de un mercado en constante expansión para sus productos la empuja a recorrer todo el globo".
"La burguesía, en su dominio de apenas un siglo, ha creado fuerzas productivas más masivas y colosales que todas las generaciones pasadas juntas".
Las relaciones feudales se convirtieron en trabas: "Tuvieron que ser rotas, y fueron rotas. [...] Un movimiento semejante se está desarrollando ante nuestros propios ojos".
"Las armas con las que la burguesía derribó al feudalismo se vuelven ahora contra la propia burguesía. Pero la burguesía no solo ha forjado las armas que le traen la muerte; también ha llamado a la existencia a los hombres que empuñarán esas armas: los obreros modernos, los proletarios".
Se exponen a continuación las causas de la indigencia del proletariado.
"El coste de producción del obrero se limita, casi por entero, a los medios de subsistencia que necesita para su mantenimiento y para la propagación de su raza. Pero el precio de una mercancía, y por consiguiente también el del trabajo, es igual a su coste de producción. Por tanto, a medida que la repugnancia del trabajo aumenta, el salario disminuye. ¡Aún más!, en la misma proporción en que aumenta el uso de la maquinaria y la división del trabajo, aumenta también la carga del esfuerzo".
"La industria moderna ha convertido el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran fábrica del capitalista industrial. Masas de obreros, apiñados en la fábrica, están organizados como soldados. Como rasos del ejército industrial, se encuentran bajo el mando de una jerarquía perfecta de oficiales y sargentos. No son sólo esclavos de la clase burguesa, y del Estado burgués, sino que diariamente y a cada hora son esclavizados por la máquina, por el capataz y, sobre todo, por el propio burgués individual, fabricante de ella. Cuanto más abiertamente este despotismo proclama que su fin y objetivo es la ganancia, más mezquino, más odioso y más exasperante resulta."
El Manifiesto narra a continuación el modo de desarrollo de la lucha de clases.
"El proletariado pasa por diversas etapas de desarrollo. Con su nacimiento empieza su lucha contra la burguesía. Al principio la lucha es librada por obreros individuales, luego por los obreros de una fábrica, más tarde por los operarios de un mismo oficio, en una localidad, contra el burgués individual que los explota directamente. Dirigen sus ataques no contra las condiciones burguesas de producción, sino contra los propios instrumentos de producción".
En esta etapa, los obreros forman todavía una masa dispersa por todo el país y quebrantada por su mutua competencia. Si los obreros se unen en masas compactas para ello, esto no es todavía la consecuencia de su propia unión activa, sino de la unión de la burguesía, la cual clase, para alcanzar sus propios fines políticos, se ve arrastrada a poner en movimiento a todo el proletariado, y además todavía puede hacerlo, por el momento, a su antojo.
"Las colisiones entre obreros individuales y burgueses individuales toman más y más el carácter de colisiones entre dos clases. En consecuencia, los obreros empiezan a formar coaliciones (sindicatos) contra los burgueses; se unen para mantener la tasa de salarios; fundan asociaciones permanentes para aprovisionarse de antemano para estas revueltas ocasionales. Aquí y allá el combate estalla en disturbios. De vez en cuando los obreros salen victoriosos, pero solo por un tiempo. El verdadero fruto de sus batallas no reside en el resultado inmediato, sino en la unión cada vez más amplia de los trabajadores. Esta unión es favorecida por los medios de comunicación mejorados que crea la industria moderna, y que ponen a los trabajadores de diferentes localidades en contacto entre sí. Fue precisamente este contacto el que se necesitaba para centralizar las numerosas luchas locales, todas del mismo carácter, en una sola lucha nacional entre clases. Pero toda lucha de clases es una lucha política. Y esa unión, para alcanzar la cual los burgueses de la Edad Media, con sus miserables caminos, necesitaron siglos, los proletarios modernos, gracias a los ferrocarriles, la logran en pocos años. Esta organización de los proletarios en clase, y por tanto en partido político, es continuamente socavada de nuevo por la competencia entre los propios obreros. Pero siempre vuelve a surgir, más fuerte, más firme, más poderosa. Obliga al reconocimiento legislativo de los intereses particulares de los obreros, aprovechando las divisiones en el seno de la propia burguesía."
En las condiciones del proletariado, las de la vieja sociedad en su conjunto ya están virtualmente ahogadas. El proletario carece de propiedad; su relación con su mujer y sus hijos ya no tiene nada en común con las relaciones familiares burguesas; el moderno trabajo industrial, la moderna subyección al capital, la misma en Inglaterra que en Francia, en América que en Alemania, lo ha despojado de todo rasgo de carácter nacional. El derecho, la moral, la religión son para él otros tantos prejuicios burgueses, tras los cuales se ocultan al acecho otros tantos intereses burgueses. Todas las clases anteriores que conquistaron el poder buscaron consolidar su situación ya adquirida sometiendo a la sociedad entera a sus condiciones de apropiación. Los proletarios no pueden hacerse amos de las fuerzas productivas de la sociedad, sino abolidores de su propio modo de apropiación anterior y, por consiguiente, también de todo otro modo de apropiación anterior. No tienen nada suyo que asegurar y consolidar; su misión es destruir todas las seguridades y garantías previas de la propiedad individual. Todos los movimientos históricos anteriores fueron movimientos de minorías, o en interés de minorías. El movimiento proletario es el movimiento autónomo y consciente de la inmensa mayoría, en interés de la inmensa mayoría. El proletariado, la capa más baja de nuestra sociedad actual, no puede moverse, no puede levantarse, sin que toda la super- estructura de las capas de la sociedad oficial salte por los aires.
Los comunistas, dice Marx, representan al proletariado en su conjunto. Son internacionales.
"Se reprocha además a los comunistas el querer abolir la patria y la nacionalidad. Los obreros no tienen patria. No se les puede quitar lo que no tienen."
El objetivo inmediato de los comunistas es la conquista del poder político por el proletariado.
"La teoría de los comunistas puede resumirse en esta única frase: abolición de la propiedad privada."
La interpretación materialista de la historia se utiliza para responder a acusaciones tales como que el comunismo es anticristiano.
"Las acusaciones contra el comunismo hechas desde un punto de vista religioso, filosófico y, en general, ideológico, no merecen un examen serio. ¿Hace falta una gran perspicacia para comprender que las ideas, las opiniones y las concepciones del hombre, en una palabra, la conciencia del hombre, cambian con cada modificación de las condiciones de su existencia material, de sus relaciones sociales y de su vida social?"
La actitud del Manifiesto ante el Estado no es del todo fácil de comprender.
"El poder ejecutivo del Estado moderno —se nos dice— no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa."
Sin embargo, el primer paso para el proletariado debe ser tomar el control del Estado.
"Ya hemos visto más arriba que el primer paso de la revolución obrera es la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia. El proletariado se valdrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente todo el capital a la burguesía, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible la masa de las fuerzas productivas."
El Manifiesto pasa a un programa inmediato de reformas que, en un principio, aumentarían considerablemente el poder del Estado existente, pero se sostiene que, cuando la revolución socialista se haya consumado, el Estado, tal como lo conocemos, habrá dejado de existir. Como dice Engels en otra parte, cuando el proletariado toma el poder del Estado «pone fin a todas las diferencias de clase y a los antagonismos de clase, y con ello al Estado mismo como Estado». Así pues, aunque el socialismo de Estado pudiera ser, de hecho, el resultado de las propuestas de Marx y Engels, no se les puede acusar a ellos mismos de ninguna glorificación del Estado.
El Manifiesto termina con un llamamiento a los asalariados del mundo para que se alcen en favor del Comunismo.
"Los comunistas desprecian ocultar sus puntos de vista e intenciones. Proclaman abiertamente que sus objetivos solo pueden alcanzarse mediante el derrocamiento violento de todas las condiciones sociales existentes. Tiemblen las clases dominantes ante una revolución comunista. Los proletarios no tienen nada que perder más que sus cadenas. Tienen un mundo que ganar. ¡Trabajadores de todos los países, uníos!"
En todos los grandes países del continente, a excepción de Rusia, una revolución siguió rápidamente a la publicación del Manifiesto Comunista, pero la revolución no fue económica ni internacional, excepto al principio en Francia.
En todas partes estuvo inspirada por las ideas del nacionalismo. En consecuencia, los gobernantes del mundo, aterrorizados momentáneamente, pudieron recuperar el poder fomentando las enemistades inherentes a la idea nacionalista, y en todas partes, tras un triunfo muy breve, la revolución terminó en guerra y reacción.
Las ideas del Manifiesto Comunista aparecieron antes de que el mundo estuviera preparado para ellas, pero sus autores vivieron para ver los comienzos del crecimiento de ese movimiento socialista en todos los países, que ha avanzado con fuerza creciente, influenciando cada vez más a los Gobiernos, dominando la Revolución rusa y capaz tal vez de lograr en un futuro no muy lejano ese triunfo internacional al que las últimas frases del Manifiesto convocan a los asalariados del mundo.
La obra magna de Marx, «El Capital», añadió peso y sustancia a las tesis del Manifiesto Comunista. Aportó la teoría de la plusvalía, que pretendía explicar el mecanismo real de la explotación capitalista.
Esta doctrina es muy complicada y apenas resulta sostenible como contribución a la teoría pura. Debe considerarse más bien como la traducción a términos abstractos del odio con que Marx contemplaba el sistema que acuña riqueza a partir de las vidas humanas, y es en este espíritu, más que en el de un análisis desinteresado, como ha sido leída por sus admiradores.
Un examen crítico de la teoría de la plusvalía requeriría una discusión ardua y abstracta de teoría económica pura sin tener gran incidencia en la verdad o falsedad práctica del socialismo; por ello, ha parecido imposible dentro de los límites del presente volumen.
A mi juicio, las mejores partes del libro son aquellas que tratan sobre los hechos económicos, cuyo conocimiento por parte de Marx era enciclopédico. Con estos hechos esperaba infundir en sus discípulos ese odio firme e inmarcesible que los convirtiera en soldados a muerte en la lucha de clases.
Los hechos que acumula son de tal naturaleza que resultan prácticamente desconocidos para la gran mayoría de quienes llevan una vida cómoda. Son hechos muy terribles, y hay que reconocer que el sistema económico que los engendra es un sistema muy terrible. Unos cuantos ejemplos de su selección de hechos servirán para explicar la amargura de muchos socialistas:—
El señor Broughton Charlton, magistrado del condado, declaró, como presidente de una reunión celebrada en las Assembly Rooms de Nottingham el 14 de enero de 1860, «que existía entre esa parte de la población vinculada al sector del encaje una cantidad de privación y sufrimiento desconocida en otras partes del reino, es decir, del mundo civilizado. [...] Niños de nueve o diez años son arrastrados de sus sórdidas camas a las dos, tres o cuatro de la madrugada y obligados a trabajar por una mera subsistencia hasta las diez, once o doce de la noche, consumiéndose sus extremidades, achicándose sus cuerpos, blanqueándose sus rostros y hundiéndose su condición humana en un sopor pétreo, totalmente horrible de contemplar».⁴
Tres ferroviarios están ante un jurado forense de Londres: un guard, un maquinista, un signalman. Un tremendo accidente ferroviario ha precipitado a cientos de pasajeros al otro mundo. La negligencia de los empleados es la causa de la desgracia. Estos declaran a una sola voz ante el jurado que, diez o doce años antes, su trabajo solo duraba ocho horas al día. Durante los últimos cinco o seis años había sido estirado hasta 14, 18 y 20 horas, y bajo una presión especialmente severa de vacacionistas, en épocas de trenes de excursión, a menudo duraba 40 o 50 horas sin interrupción.
Eran hombres corrientes, no Cíclopes. Llegado cierto punto, su fuerza de trabajo fallaba. El estupor se apoderaba de ellos. Su cerebro dejaba de pensar, sus ojos de ver.
Los jurados británicos, perfectamente "respetables", respondieron con un veredicto que los remitió a las siguientes sesiones judiciales (assizes) bajo la acusación de homicidio imprudente y, en una amable "aclaración" (rider) a su veredicto, expresaron la piadosa esperanza de que los magnates capitalistas de los ferrocarriles fueran en el futuro más pródigos en la compra de una cantidad suficiente de fuerza de trabajo, y más "abstemios", más "abnegados", más "ahorrativos" en el agotamiento de la fuerza de trabajo pagada.5
En la última semana de junio de 1863, todos los periódicos diarios de Londres publicaron un párrafo con el titular «sensacional»: «Muerte por simple exceso de trabajo». Trataba sobre la muerte de la modista Mary Anne Walkley, de 20 años de edad, empleada en un establecimiento de costura sumamente respetable y explotada por una señora de agradable nombre: Elise. Se volvía a relatar la vieja historia, tantas veces contada. Esta muchacha trabajaba, como promedio, 16 horas y media, y durante la temporada a menudo 30 horas seguidas, mientras su desfalleciente fuerza de trabajo era avivada con suministros ocasionales de jerez, oporto o café.
Era justamente entonces el apogeo de la temporada. Era necesario conjurar en un abrir y cerrar de ojos los magníficos vestidos para las nobles damas invitadas al baile en honor de la recién importada Princesa de Gales.
Mary Anne Walkley había trabajado sin interrupción durante 26 horas y media, con otras 60 muchachas, 30 en una sola habitación, que apenas disponía de un tercio de los pies cúbicos de aire necesarios para ellas.
Por la noche, dormían de dos en dos en uno de los agujeros sofocantes en los que el dormitorio estaba dividido por tabiques de madera. Y este era uno de los mejores establecimientos de sombrerería y modas de Londres.
Mary Anne Walkley cayó enferma el viernes y murió el domingo, sin haber concluido previamente el trabajo entre manos, para asombro de Madame Elise. El médico, el señor Keys, llamado demasiado tarde al lecho de muerte, testificó debidamente ante el jurado del forense que «Mary Anne Walkley había muerto a causa de las largas horas de trabajo en un taller abarrotado y de un dormitorio demasiado pequeño y mal ventilado».
Con el fin de darle al doctor una lección de buenos modales, el jurado forense emitió entonces un veredicto según el cual «la difunta había muerto de apoplejía, pero había razones para temer que su muerte se hubiera visto acelerada por el exceso de trabajo en un taller abarrotado, etc.».
«Nuestros esclavos blancos —exclamó el Morning Star, el órgano de los librecambistas Cobden y Bright—, nuestros esclavos blancos, a quienes se hace trabajar hasta la tumba, se consumen y mueren silenciosamente en su mayor parte».6
Eduardo VI: Un estatuto del primer año de su reinado, 1547, decreta que si alguien se niega a trabajar, será condenado como esclavo de la persona que lo haya denunciado como holgazán. El amo alimentará a su esclavo con pan y agua, caldo ralo y los despojos de carne que tenga a bien. Tiene derecho a obligarlo a realizar cualquier trabajo, por repugnante que sea, mediante latigazos y cadenas.
Si el esclavo está ausente quince días, es condenado a esclavitud de por vida y se le marcará a hierro en la frente o en la espalda con la letra S; si huye tres veces, será ejecutado como criminal. El amo puede venderlo, legarlo, alquilarlo como esclavo, exactamente igual que cualquier otro bien mueble o ganado.
Si los esclavos intentan algo contra los amos, también deben ser ejecutados. Los jueces de paz, previo aviso, deben dar caza a dichos bribones.
Si sucede que un vagabundo ha estado holgazaneando durante tres días, debe ser llevado a su lugar de nacimiento, marcado con un hierro al rojo vivo con la letra V en el pecho y puesto a trabajar, en cadenas, en las calles o en alguna otra labor.
Si el vagabundo da un falso lugar de nacimiento, entonces se convertirá en esclavo de por vida de este lugar, de sus habitantes o de su corporación, y será marcado con una S.
Todas las personas tienen derecho a quitarles los hijos a los vagabundos y a conservarlos como aprendices, los jóvenes hasta su vigésimo cuarto año, las muchachas hasta el vigésimo. Si se escapan, han de convertirse hasta esta edad en los esclavos de sus amos, quienes pueden ponerles hierros, azotarlos, etc., si así lo desean. Todo amo puede colocar un anillo de hierro alrededor del cuello, los brazos o las piernas de su esclavo, para reconocerlo más fácilmente y estar más seguro de él.
La última parte de este estatuto dispone que ciertos pobres podrán ser empleados por un lugar o por personas que estén dispuestas a darles comida y bebida y a buscarles trabajo. Esta especie de esclavos parroquiales se mantuvo en Inglaterra hasta bien entrado el siglo XIX bajo el nombre de «roundsmen».7
Página tras página y capítulo tras capítulo de datos de esta índole, cada uno traído a colación para ilustrar alguna teoría fatalista que Marx profesa haber demostrado mediante un raciocinio exacto, no pueden menos que avivar la furia de cualquier lector apasionado de la clase trabajadora, y despertar una vergüenza insoportable en cualquier poseedor de capital en quien la generosidad y la justicia no se hayan extinguido por completo.
Casi al final del volumen, en un capítulo muy breve titulado «Tendencia histórica de la acumulación capitalista», Marx deja vislumbrar por un instante la esperanza que yace más allá del horror presente:—
Tan pronto como este proceso de transformación ha descompuesto suficientemente a la vieja sociedad de arriba abajo, tan pronto como los obreros se convierten en proletarios y sus medios de trabajo en capital, tan pronto como el modo capitalista de producción se halla sobre sus propios pies, entonces la mayor socialización del trabajo y la mayor transformación de la tierra y otros medios de producción en medios de producción socialmente explotados y, por tanto, comunes, así como la mayor expropiación de los propietarios privados, revisten una forma nueva.
Lo que ahora ha de ser expropiado ya no es el obrero que trabaja para sí mismo, sino el capitalista que explota a muchos obreros.
Esta expropiación se realiza por la acción de las leyes inmanentes de la propia producción capitalista, por la centralización de los capitales. Un capitalista mata a muchos, y a la par de esta centralización, o de esta expropiación de muchos capitalistas por pocos, se desarrolla, en una escala cada vez más extendida,
- la forma cooperativa del proceso de trabajo,
- la aplicación técnica consciente de la ciencia,
- el cultivo metódico del suelo,
- la transformación de los instrumentos de trabajo en instrumentos de trabajo utilizables solo en común,
- la economía de todos los medios de producción mediante su uso como medios de producción del trabajo combinado y socializado,
- el enredo de todos los pueblos en la red del mercado mundial, y con esto,
- el carácter internacional del régimen capitalista.
Junto con el número constantemente decreciente de los magnates del capital, que usurpan y monopolizan todas las ventajas de este proceso de transformación, crece la masa de la miseria, la opresión, la esclavitud, la degradación, la explotación; pero con ello crece también la revuelta de la clase obrera, una clase cada vez más numerosa, y disciplinada, unida y organizada por el propio mecanismo del proceso de producción capitalista.
El monopolio del capital se convierte en una traba para el modo de producción, que ha surgido y florecido con él y bajo él. La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo llegan por fin a un punto en que se vuelven incompatibles con su envoltorio capitalista. Este envoltorio es reventado. Suena el knell de la propiedad privada capitalista. Los expropriadores son expropiados,8
Eso es todo. Apenas se permite otra palabra de principio a fin para aliviar la penumbra, y en esta presión implacable sobre la mente del lector reside gran parte del poder que este libro ha adquirido.
La obra de Marx plantea dos preguntas:
- Primera: ¿Son verdaderas sus leyes del desarrollo histórico?
- Segunda: ¿Es deseable el socialismo?
La segunda de estas preguntas es completamente independiente de la primera. Marx pretende demostrar que el socialismo ha de llegar, pero apenas se preocupa por argumentar que, cuando llegue, será algo bueno. Puede ser, sin embargo, que si llega, resulte ser algo bueno, aun cuando todos los argumentos de Marx para demostrar que debe llegar resulten ser erróneos.
En realidad, el tiempo ha demostrado muchos defectos en las teorías de Marx. El desarrollo del mundo se ha parecido lo suficiente a su profecía como para demostrar que era un hombre de una penetración muy poco común, pero no lo ha hecho lo suficiente como para hacer que la historia política o económica sea exactamente tal como él predijo que sería.
El nacionalismo, lejos de disminuir, ha aumentado, y no ha logrado ser vencido por las tendencias cosmopolitas que Marx distinguió acertadamente en las finanzas.
Aunque las grandes empresas se han vuelto más grandes y han alcanzado en una gran área la etapa de monopolio, el número de accionistas en tales empresas es tan grande que el número real de individuos interesados en el sistema capitalista ha aumentado continuamente. Además, aunque las grandes firmas han crecido, ha habido un aumento simultáneo de firmas de tamaño mediano.
Mientras tanto, los asalariados, que según Marx debían haber permanecido en el mero nivel de subsistencia en el que se encontraban en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XIX, se han beneficiado en cambio del aumento general de la riqueza, aunque en menor grado que los capitalistas.
La supuesta ley de hierro de los salarios ha demostrado ser falsa, al menos en lo que respecta al trabajo en los países civilizados. Si ahora queremos encontrar ejemplos de crueldad capitalista análogos a aquellos con los que está lleno el libro de Marx, tendremos que buscar la mayor parte de nuestro material en los trópicos, o en todo caso en regiones donde hay hombres de razas inferiores para explotar.
De nuevo: el trabajador cualificado de la actualidad es un aristócrata en el mundo del trabajo. Se plantea la cuestión de si debe aliarse con el trabajador no cualificado contra el capitalista, o con el capitalista contra el trabajador no cualificado. Muy a menudo él mismo es un capitalista en pequeña escala, y si no lo es individualmente, su sindicato o su sociedad de socorro mutuo casi seguro que lo son. De ahí que la agudeza de la lucha de clases no se haya mantenido. Hay gradaciones, rangos intermedios entre ricos y pobres, en lugar de la antítesis lógica y tajante entre los trabajadores que no tienen nada y los capitalistas que lo tienen todo.
Aun en Alemania, que se convirtió en el hogar del marxismo ortodoxo y desarrolló un poderoso partido socialdemócrata, que aceptaba nominalmente la doctrina de «El capital» como si estuviera poco menos que inspirada palabra por palabra, aun allí el enor- me incremento de la riqueza en todas las clases en los años precedentes a la guerra llevó a los socialistas a revisar sus creencias y a adoptar una actitud evolucionista más bien que revolucionaria. Bernstein, un socialista alemán que vivió durante mucho tiempo en Inglaterra, inauguró el movimiento «revisionista» que terminó por conquistar a la mayor parte del partido. Sus críticas a la ortodoxia marxista se exponen en su obra «Socialismo evolucionista».9 La obra de Bernstein, como es común en los escritores de la Broad Church, consiste en gran parte en demostrar que los fundadores no sostenían sus doctrinas de manera tan rígida como lo han hecho sus seguidores. Hay mucho en los escritos de Marx y Engels que no puede encajarse en la rígida ortodoxia que surgió entre sus discípulos.
Las principales críticas de Bernstein hacia estos discípulos, además de las que ya hemos mencionado, consisten en una defensa de la acción gradual frente a la revolución.
Protesta contra la actitud de hostilidad indebida hacia el liberalismo que es común entre los socialistas, y embota el filo del internacionalismo que indudablemente forma parte de las enseñanzas de Marx. Los trabajadores, afirma, tienen una patria tan pronto como se convierten en ciudadanos, y sobre esta base defiende ese grado de nacionalismo que la guerra ha demostrado desde entonces que prevalece en las filas socialistas.
Llega incluso a sostener que las naciones europeas tienen derecho a los territorios tropicales debido a su civilización superior. Tales doctrinas disminuyen el ardor revolucionario y tienden a transformar a los socialistas en un ala izquierda del Partido Liberal. Pero la creciente prosperidad de los asalariados antes de la guerra hizo inevitables estos acontecimientos. Si la guerra habrá alterado las condiciones a este respecto, es algo que aún resulta imposible saber.
Bernstein concluye con la sabia observación de que:
«Tenemos que aceptar a los trabajadores tal como son. Y no son ni tan universalmente paupérrimos como se señalaba en el Manifiesto Comunista, ni tan libres de prejuicios y debilidades como sus cortesanos quieren hacernos creer».
En marzo de 1914, Bernstein pronunció una conferencia en Budapest en la que se retractó de varias de las posturas que había adoptado (véase el «Volkstimme» de Budapest, 19 de marzo de 1914).
Bernstein representa la descomposición de la ortodoxia marxista desde dentro.
El sindicalismo representa un ataque contra él desde fuera, desde el punto de vista de una doctrina que se proclama aún más radical y más revolucionaria que la de Marx y Engels.
La actitud de los sindicalistas hacia Marx puede observarse en el pequeño libro de Sorel, «La descomposición del marxismo» (La Décomposition du Marxisme), y en su obra de mayor extensión, «Reflexiones sobre la violencia» (Reflections on Violence), traducción autorizada de T. E. Hulme (Allen & Unwin, 1915).
Tras citar a Bernstein con aprobación en la medida en que este critica a Marx, Sorel pasa a otras críticas de distinto orden. Señala (lo cual es cierto) que la economía teórica de Marx permanece muy próxima al manchesterianismo: la economía política ortodoxa de su juventud fue aceptada por él en muchos puntos en los que hoy se sabe que es errónea.
Según Sorel, lo verdaderamente esencial en la enseñanza de Marx es la lucha de clases. Quienquiera que mantenga esto con vida está manteniendo vivo el espíritu del socialismo de forma mucho más real que aquellos que se adhieren a la letra de la ortodoxia socialdemócrata.
Sobre la base de la guerra de clases, los sindicalistas franceses desarrollaron una crítica de Marx que va mucho más allá de las que hemos estado considerando hasta ahora. Las opiniones de Marx sobre el desarrollo histórico pueden haber sido en mayor o menor medida erróneas en los hechos, y sin embargo el sistema económico y político que trató de crear podría ser tan deseable como suponen sus seguidores.
El sindicalismo, sin embargo, critica no solo las opiniones de Marx sobre los hechos, sino también la meta a la que apunta y la naturaleza general de los medios que recomienda.
Las ideas de Marx se formaron en una época en la que la democracia aún no existía. Fue en el mismo año en que apareció «El capital» cuando los obreros urbanos obtuvieron por primera vez el derecho al voto en Inglaterra y Bismarck concedió el sufragio universal en el norte de Alemania.
Era natural que se abrigaran grandes esperanzas sobre lo que lograría la democracia. Marx, al igual que los economistas ortodoxos, imaginaba que las opiniones de los hombres se rigen por una visión más o menos ilustrada del interés económico propio, o más bien del interés económico de clase.
Una larga experiencia sobre el funcionamiento de la democracia política ha demostrado que, a este respecto, Disraeli y Bismarck fueron jueces de la naturaleza humana más astutos que los liberales o los socialistas.
Cada vez resulta más difícil confiar en el Estado como medio para alcanzar la libertad, o en los partidos políticos como instrumentos lo suficientemente poderosos como para obligar al Estado a ponerse al servicio del pueblo. El Estado moderno, dice Sorel, «es un cuerpo de intelectuales, investido de privilegios y provisto de medios de los llamados políticos para defenderse de los ataques que le dirigen otros grupos de intelectuales, ávidos de disfrutar de los beneficios del empleo público. Los partidos se constituyen para la conquista de estos empleos y son análogos al Estado».10
Los sindicalistas aspiran a organizar a los hombres no por partidos, sino por ocupación. Esto, afirman, es lo único que representa la verdadera concepción y el método de la lucha de clases.
En consecuencia, desprecian toda acción POLÍTICA a través del Parlamento y de las elecciones; el tipo de acción que recomiendan es la acción directa del sindicato revolucionario.
El grito de batalla de la acción industrial frente a la política se ha extendido mucho más allá de las filas del sindicalismo francés. Se encuentra en los I. W. W. en América, y entre los sindicalistas industriales y los socialistas de gremio en Gran Bretaña.
Quienes la defienden, en su mayoría, aspiran también a una meta diferente a la de Marx. Creen que no puede haber una libertad individual adecuada donde el Estado sea todopoderoso, incluso si el Estado es socialista. Algunos de ellos son anarquistas convencidos que desean ver el Estado totalmente abolido; otros solo desean recortar su autoridad.
Debido a este movimiento, la oposición a Marx, que desde el lado anarquista existió desde el principio, se ha vuelto muy fuerte. Es esta oposición en su forma más antigua la que nos ocupará en nuestro próximo capítulo.