EL hombre que busca crear un orden mejor en la sociedad tiene que lidiar con dos resistencias: una, la de la Naturaleza; la otra, la de sus semejantes. A grandes rasgos, es la ciencia la que se ocupa de la resistencia de la Naturaleza, mientras que la política y la organización social son los métodos para superar la resistencia de los hombres.
El hecho fundamental de la economía es que la naturaleza solo produce bienes como resultado del trabajo. La necesidad de CIERTO trabajo para la satisfacción de nuestras necesidades no es impuesta por los sistemas políticos ni por la explotación de las clases trabajadoras; se debe a leyes físicas que el reformador, como cualquier otro, debe admitir y estudiar.
Antes de que se pueda aceptar como viable cualquier proyecto económico optimista, debemos examinar si las condiciones físicas de la producción imponen un veto inalterable, o si son susceptibles de ser modificadas suficientemente por la ciencia y la organización.
Dos doctrinas conectadas deben ser consideradas al examinar esta cuestión:
- Primero, la doctrina de la población de Malthus;
- y segundo, la opinión, más vaga pero muy extendida, de que cualquier excedente por encima de las meras necesidades de la vida solo puede producirse si la mayoría de los hombres trabajan muchas horas en tareas monótonas o dolorosas, dejando poco tiempo de ocio para una existencia civilizada o un disfrute racional.
No creo que ninguno de estos obstáculos para el optimismo sobreviva a un examen minucioso. La posibilidad de una mejora técnica en los métodos de producción es, a mi juicio, tan grande que, al menos durante los siglos venideros, no habrá ninguna barrera inevitable para el progreso en el bienestar general mediante el aumento simultáneo de los bienes y la disminución de las horas de trabajo.
Este tema ha sido estudiado de manera especial por Kropotkin, quien, cualquiera que sea el juicio que merezcan sus teorías generales sobre la política, resulta sumamente instructivo, concreto y convincente en todo lo que dice acerca de las posibilidades de la agricultura.
Los socialistas y los anarquistas son, en lo fundamental, producto de la vida industrial, y pocos entre ellos poseen conocimientos prácticos sobre el tema de la producción de alimentos. Pero Kropotkin constituye una excepción. Sus dos libros, «La conquista del pan» y «Campos, fábricas y talleres», están repletos de información detallada y, aun haciendo grandes concesiones a una tendencia optimista, no creo que pueda negarse que demuestran posibilidades en las que pocos de nosotros habríamos creído de otro modo.
Malthus sostenía, en efecto, que la población siempre tiende a aumentar hasta el límite de la subsistencia, que la producción de alimentos se vuelve más costosa a medida que aumenta su cantidad y que, por lo tanto, aparte de breves períodos excepcionales en los que los nuevos descubrimientos producen alivios temporales, la mayor parte de la humanidad debe encontrarse siempre en el nivel más bajo compatible con la supervivencia y la reproducción.
Aplicada a las razas civilizadas del mundo, esta doctrina está dejando de ser verdad debido al rápido descenso de la tasa de natalidad; pero, al margen de este descenso, hay muchas otras razones por las cuales la doctrina no puede ser aceptada, al menos en lo que respecta al futuro cercano.
El siglo que transcurrió después de que Malthus escribiera vio un aumento muy considerable en el nivel de bienestar en todas las clases asalariadas y, debido al enorme incremento en la productividad del trabajo, se habría podido lograr una elevación mucho mayor del nivel de bienestar si se hubiera introducido un sistema de distribución más justo.
En tiempos pasados, cuando el trabajo de un hombre no producía mucho más de lo necesario para la subsistencia de un hombre, era imposible tanto reducir en gran medida las horas normales de labor como aumentar sustancialmente la proporción de la población que disfrutaba de algo más que los estrictos necesarios de la vida. Pero este estado de cosas ha sido superado por los métodos modernos de producción.
En el momento presente, no solo muchas personas disfrutan de unos ingresos desahogados derivados de las rentas o los intereses, sino que alrededor de la mitad de la población de la mayoría de los países civilizados del mundo se dedica, no a la producción de mercancías, sino a combatir o a fabricar municiones de guerra.
En tiempos de paz, toda esta mitad podría mantenerse en la ociosidad sin hacer que la otra mitad fuera más pobre de lo que habría sido si la guerra hubiese continuado, y si, en lugar de estar ociosas, se las empleara productivamente, el total de lo que producirían constituiría un excedente distribuible por encima y más allá de los salarios actuales.
La productividad actual del trabajo en Gran Bretaña bastaría para producir unos ingresos de aproximadamente 1 libra al día para cada familia, incluso sin ninguna de las mejoras en los métodos que son obviamente posibles de inmediato.
Pero, se dirá, a medida que aumenta la población, el precio de los alimentos debe en última instancia aumentar también a medida que las fuentes de suministro en Canadá, la Argentina, Australia y otras partes se agoten cada vez más.
Debe llegar un momento, según insistirán los pesimistas, en que los alimentos se encarezcan tanto que el asalariado común apenas tenga excedente para gastar en otras cosas.
Se puede admitir que esto sería verdad en algún futuro muy lejano si la población continuara aumentando sin límite. Si toda la superficie del mundo estuviera tan densamente poblada como lo está Londres ahora, requeriría, sin duda, casi todo el trabajo de la población para producir los alimentos necesarios en los pocos espacios que quedan para la agricultura.
Pero no hay razón para suponer que la población continuará aumentando indefinidamente y, en cualquier caso, la perspectiva es tan lejana que puede ignorarse en todas las consideraciones prácticas.
Volviendo de estas oscuras especulaciones a los hechos expuestos por Kropotkin, hallamos probado en sus escritos que, mediante métodos de cultivo intensivo que ya están en funcionamiento real, la cantidad de alimentos producida en una superficie dada puede incrementarse mucho más allá de lo que la mayoría de las personas desinformadas supone posible. Hablando de los horticultores comerciales en Gran Bretaña, en las cercanías de París y en otros lugares, dice:—
Han creado una agricultura totalmente nueva. Sonríen cuando nos jactamos de que el sistema de rotación nos haya permitido sacar del campo una cosecha cada año, o cuatro cosechas cada tres años, porque su ambición es obtener seis y nueve cosechas de una misma parcela de tierra durante los doce meses. No entienden nuestra charla sobre suelos buenos y malos, porque ellos mismos hacen el suelo, y lo hacen en tales cantidades que se ven obligados a vender una parte cada año; de lo contrario, elevaría el nivel de sus huertos en media pulgada al año.
Su objetivo es cosechar, no de cinco a seis toneladas de hierba por acre, como hacemos nosotros, sino de 50 a 100 toneladas de diversas hortalizas en el mismo espacio; no cinco libras esterlinas en valor de heno, sino 100 libras esterlinas en valor de hortalizas, de la descripción más sencilla, col y zanahorias.38
En cuanto al ganado, menciona que el señor Champion, en Whitby, produce en cada acre el alimento para dos o tres cabezas de ganado, mientras que bajo la agricultura intensiva ordinaria se necesitan dos o tres acres para mantener cada cabeza de ganado en Gran Bretaña. Aún más asombrosos son los logros de la Culture Maraicheres en los alrededores de París. Es imposible resumir estos logros, pero podemos señalar la conclusión general:—
Hay hoy en día maraichers prácticos que se atreven a sostener que si tuvieran que cultivarse en su propio territorio (3250 millas cuadradas) todos los alimentos, tanto animales como vegetales, necesarios para los 3.500.000 habitantes de los departamentos del Sena y de Seine-et-Oise, podrían producirse sin recurrir a otros métodos de cultivo que los ya en uso —métodos ya probados a gran escala y cuya eficacia ha quedado demostrada—.39
Hay que recordar que estos dos departamentos comprenden a toda la población de París.
Kropotkin procede a señalar los métodos mediante los cuales se podría lograr el mismo resultado sin largas horas de trabajo. En efecto, sostiene que la gran parte del trabajo agrícola podría ser llevada a cabo por personas cuyas ocupaciones principales son sedentarias, y con solo el número de horas necesario para mantenerlas saludables y producir una diversificación agradable.
Protesta contra la teoría de la división excesiva del trabajo. Lo que quiere es la INTEGRACIÓN, "una sociedad en la que cada individuo sea productor de trabajo tanto manual como intelectual; en la que cada ser humano apto sea un trabajador, y en la que cada trabajador labore tanto en el campo como en el taller industrial".40
Estas opiniones sobre la producción no tienen una conexión esencial con la defensa del anarquismo por parte de Kropotkin. Serían igualmente posibles bajo el socialismo de Estado y, en determinadas circunstancias, incluso podrían llevarse a cabo en un régimen capitalista.
Son importantes para nuestro propósito actual, no por ningún argumento que ofrezcan a favor de un sistema económico frente a otro, sino por el hecho de que eliminan el veto a nuestras esperanzas que de otro modo podría surgir de una duda sobre la capacidad productiva del trabajo.
Me he detenido en la agricultura más que en la industria, ya que es en relación con la agricultura donde se supone que surgen principalmente las dificultades. A grandes rasgos, la producción industrial tiende a ser más barata cuando se realiza a gran escala y, por lo tanto, no hay razón en la industria para que un aumento en la demanda conduzca a un mayor costo de suministro.
Pasando ahora del aspecto puramente técnico y material del problema de la producción, llegamos al factor humano, los motivos que llevan a los hombres a trabajar, las posibilidades de una organización eficiente de la producción y la conexión de la producción con la distribución.
Los defensores del sistema actual sostienen que el trabajo eficiente sería imposible sin el estímulo económico, y que si se aboliera el sistema salarial los hombres dejarían de hacer el trabajo suficiente para mantener a la comunidad en un bienestar tolerable.
A través de la supuesta necesidad del motivo económico, los problemas de la producción y la distribución se entrelazan. El deseo de una distribución más justa de los bienes del mundo es la principal inspiración de la mayor parte del socialismo y el anarquismo. Debemos, por tanto, considerar si el sistema de distribución que proponen probablemente conduciría a una producción disminuida.
Existe una diferencia fundamental entre el socialismo y el anarquismo en lo que respecta a la cuestión de la distribución.
El socialismo, al menos en la mayoría de sus formas, mantendría la remuneración por el trabajo realizado o por la disposición a trabajar, y, excepto en el caso de las personas incapacitadas por la edad o la enfermedad, haría de la disposición a trabajar una condición para la subsistencia, o al menos para una subsistencia por encima de un mínimo muy bajo.
El anarquismo, por otro lado, aspira a conceder a todo el mundo, sin condición alguna, tantos bienes de consumo ordinarios como cada cual desee consumir, mientras que los bienes más raros, cuya oferta no puede aumentarse indefinidamente con facilidad, se racionarían y dividirían por igual entre la población.
Así pues, el anarquismo no impondría ninguna OBLIGACIÓN de trabajar, aunque los anarquistas creen que el trabajo necesario podría hacerse lo suficientemente agradable como para que la gran mayoría de la población lo emprenda de forma voluntaria.
Los socialistas, en cambio, exigirían trabajo. Algunos de ellos igualarían los ingresos de todos los trabajadores, mientras que otros mantendrían una mayor remuneración para el trabajo que se considera más valioso.
Todos estos sistemas diferentes son compatibles con la propiedad común de la tierra y del capital, aunque difieren enormemente en cuanto al tipo de sociedad que producirían.
El socialismo con desigualdad de ingresos no diferiría en gran medida, en lo que respecta al estímulo económico para el trabajo, de la sociedad en la que vivimos. Tales diferencias como las que conllevaría serían sin duda para bien desde nuestro punto de vista actual. Bajo el sistema existente, muchas personas disfrutan de la ociosidad y la opulencia a través del mero accidente de heredar tierras o capital. Muchos otros, a través de sus actividades en la industria o las finanzas, disfrutan de un ingreso que es ciertamente muy superior a cualquier cosa a la que su utilidad social les dé derecho. Por otra parte, a menudo sucede que los inventores y descubridores, cuyo trabajo tiene la mayor utilidad social, son despojados de su recompensa ya sea por los capitalistas o por la incapacidad del público para apreciar su trabajo hasta demasiado tarde. El trabajo mejor pagado solo está abierto a aquellos que han podido permitirse una formación costosa, y estos hombres son seleccionados principalmente no por mérito sino por suerte. Al asalariado no se le paga por su buena disposición para trabajar, sino únicamente por su utilidad para el empleador. En consecuencia, puede verse sumido en la indigencia por causas ajenas a su control. Dicha indigencia es un miedo constante y, cuando se produce, genera un sufrimiento inmerecido y, a menudo, un deterioro en el valor social del afectado. Estos son algunos de los males de nuestro sistema actual desde el punto de vista de la producción. Todos estos males podríamos esperar ver remediados bajo cualquier sistema de socialismo.
Hay dos preguntas que es necesario considerar cuando analizamos hasta qué punto el trabajo requiere el motivo económico.
- La primera pregunta es: ¿Debe la sociedad pagar más por el trabajo más cualificado o socialmente más valioso, si se quiere que dicho trabajo se realice en cantidades suficientes?
- La segunda pregunta es: ¿Podría hacerse el trabajo tan atractivo que se realizara en cantidad suficiente incluso si los vagos recibieran la misma parte del producto del trabajo?
La primera de estas preguntas concierne a la división entre dos escuelas de socialistas: los socialistas más moderados a veces admiten que, incluso bajo el socialismo, sería conveniente mantener una remuneración desigual para los diferentes tipos de trabajo, mientras que los socialistas más radicales defienden ingresos iguales para todos los trabajadores.
La segunda pregunta, por otra parte, marca una división entre socialistas y anarquistas; estos últimos no privarían a un hombre de bienes si no trabajara, mientras que los primeros, por lo general, sí lo harían.
Nuestra segunda pregunta es mucho más fundamental que la primera, por lo que debe ser abordada de inmediato, y en el curso de esta discusión hallará su lugar natural lo que sea necesario decir sobre nuestra primera cuestión.
¿Salarios o reparto gratuito?—«La abolición del sistema salarial» es una de las consignas comunes a los anarquistas y a los socialistas avanzados. Pero, en su sentido más natural, es una consigna a la que solo los anarquistas tienen derecho. En la concepción anarquista de la sociedad, todos los productos más comunes estarán al alcance de todos sin restricciones, del mismo modo en que el agua está disponible en la actualidad.41 Los defensores de este sistema señalan que este ya se aplica a muchas cosas por las que antes había que pagar, por ejemplo, carreteras y puentes. Señalan que podría extenderse con gran facilidad a los tranvías y trenes locales. Pasan a argumentar —como lo hace Kropotkin mediante sus pruebas de que la tierra podría hacerse infinitamente más productiva— que todas las clases más comunes de alimentos podrían regalarse a todos los que los demandaran, ya que sería fácil producirlos en cantidades adecuadas a cualquier demanda posible. Si este sistema se extendiera a todas las necesidades de la vida, el sustento básico de cada persona estaría garantizado, sin importar en absoluto el modo en que decida emplear su tiempo. En cuanto a los productos que no pueden producirse en cantidades indefinidas, como los lujos y manjares, estos también, según los anarquistas, deben distribuirse sin pago, pero mediante un sistema de raciones, dividiéndose equitativamente entre la población la cantidad disponible. Sin duda, aunque esto no se explicite, habrá que poner algo parecido a un precio a estos lujos, de modo que cada cual tenga la libertad de elegir cómo tomar su parte: un hombre preferirá un buen vino, otro los mejores puros de La Habana, otro cuadros o muebles hermosos. Cabe suponer que a cada hombre se le permitirá tomar los lujos que le correspondan en la forma que prefiera, fijándose los precios relativos de modo que se iguale la demanda. En un mundo así, el estímulo económico para la producción habrá desaparecido por completo, y si el trabajo ha de continuar, deberá ser por otros motivos.42
¿Es posible semejante sistema? Primero, ¿es técnicamente posible proporcionar las necesidades de la vida en cantidades tan grandes como las que se requerirían si cada hombre y cada mujer pudiera tomar de los almacenes públicos tanto como él o ella deseara?
La idea de la compra y el pago nos es tan familiar que la propuesta de prescindir de ella debe parecer fantástica a primera vista. Sin embargo, no creo que sea ni mucho menos tan fantástica como parece.
Aunque todos pudiéramos tener pan gratis, no desearíamos más que una cantidad bastante limitada.
Tal como están las cosas, el coste del pan para los ricos representa una proporción tan pequeña de sus ingresos que prácticamente no frena su consumo; sin embargo, la cantidad de pan que consumen podría ser suministrada fácilmente a toda la población mediante métodos mejorados de agricultura (no hablo de tiempos de guerra).
La cantidad de alimento que la gente desea tiene límites naturales, y el desperdicio en el que se incurriría probablemente no sería muy grande.
Como señalan los anarquistas, hoy en día la gente disfruta de un suministro ilimitado de agua, pero muy pocos dejan los grifos abiertos cuando no los están usando. Y cabe suponer que la opinión pública se opondría al despilfarro excesivo.
Podemos sentar como principio, creo yo, que el principio de provisión ilimitada podría adoptarse con respecto a todas aquellas mercancías cuya demanda tenga límites que no alcancen lo que se puede producir fácilmente.
Y este sería el caso, si la producción estuviera eficientemente organizada, de las necesidades de la vida, incluyendo no solo las mercancías, sino también cosas tales como la educación.
- Incluso si toda educación fuera gratuita hasta el nivel más elevado, los jóvenes, a menos que fueran radicalmente transformados por el régimen anarquista, no querrían más que una cierta cantidad de ella.
- Y lo mismo se aplica a los alimentos sencillos, la ropa sencilla y el resto de las cosas que satisfacen nuestras necesidades elementales.
Creo que podemos concluir que no existe imposibilidad técnica en el plan anarquista de libre distribución.
¿Pero se realizaría el trabajo necesario si al individuo se le garantizara el nivel general de bienestar aunque no trabajara?
La mayoría de las personas responderá a esta pregunta sin vacilar con un no. Aquellos empleadores en particular que tienen el hábito de denigrar a sus empleados tildándolos de vagos y borrachos, estarán completamente seguros de que no se les podría sacar ningún trabajo a menos que sea bajo la amenaza de despido y la consiguiente inanición.
Pero, ¿es esto tan seguro como la gente tiende a suponer a primera vista? Si el trabajo hubiera de seguir siendo lo que la mayor parte del trabajo es ahora, sin duda sería muy difícil inducir a la gente a emprenderlo, salvo por el miedo a la indigencia. Pero no hay razón para que el trabajo siga siendo la penosa rutina en condiciones horribles que es en su mayor parte hoy en día.43
Si hubiera que tentar a los hombres a trabajar en lugar de empujarlos a ello, el interés obvio de la comunidad sería hacer que el trabajo fuera placentero. Mientras el trabajo no se haga placentero en su conjunto, no se puede decir que se haya alcanzado nada parecido a un buen estado de sociedad. ¿Es inevitable lo doloroso del trabajo?
En la actualidad, el trabajo mejor pagado, el de las clases empresariales y profesionales, es en su mayor parte agradable. No quiero decir que cada momento aislado sea ameno, sino que la vida de un hombre que tiene un trabajo de esta índole es, en conjunto, más dichosa que la de alguien que disfruta de una renta igual sin hacer ningún trabajo.
Cierta dosis de esfuerzo, y algo parecido a una carrera continua, le son necesarios a los hombres vigorosos si han de preservar su salud mental y su entusiasmo por la vida.
Una cantidad considerable de trabajo se realiza sin remuneración. Las personas que tienen una visión optimista de la naturaleza humana podrían haber supuesto que los deberes de un magistrado se contarían entre los oficios desagradables, como limpiar alcantarillas; pero un cínico podría sostener que los placeres de la vindicta y de la superioridad moral son tan grandes que no hay dificultad en encontrar caballeros acomodados y maduros dispuestos, sin paga, a enviar a desdichados indefensos a la tortura de la prisión.
Y, aparte del disfrute del trabajo en sí, el deseo de contar con la buena opinión de los vecinos y con la sensación de eficacia es más que suficiente para mantener activos a muchos hombres.
Pero, se dirá, la clase de trabajo que un hombre elegiría voluntariamente debe ser siempre excepcional: la gran masa del trabajo necesario nunca podrá ser otra cosa que dolorosa. ¿Quién elegiría, si tuviera a su alcance una vida fácil, ser minero del carbón o fogonero en un transatlántico?
Creo que hay que admitir que gran parte del trabajo necesario ha de seguir siendo siempre desagradable o al menos dolorosamente monótono, y que habrá que conceder privilegios especiales a quienes lo emprendan, si alguna vez se quiere hacer viable el sistema anarquista. Es verdad que la introducción de tales privilegios menoscabaría un tanto la lógica redonda del anarquismo, pero no creo que deba abrir una brecha verdaderamente vital en su sistema.
Gran parte del trabajo que es necesario realizar podría volverse agradable, si se dedicaran pensamiento y esmero a este fin. Incluso ahora, a menudo son solo las largas horas las que hacen que el trabajo resulte fastidioso.
Si las horas normales de trabajo se redujeran a, digamos, cuatro —como podrían reducirse mediante una mejor organización y métodos más científicos—, una gran parte del trabajo que hoy se siente como una carga dejaría de serlo por completo.
Si, como sugiere Kropotkin, el trabajo agrícola, en lugar de ser la faena de por vida de un obrero ignorante que vive al borde de la más absoluta pobreza, fuera la ocupación ocasional de hombres y mujeres normalmente empleados en la industria o el trabajo intelectual; si, en lugar de realizarse mediante métodos tradicionales ancestrales, sin ninguna posibilidad de participación inteligente por parte del asalariado, estuviera vivo con la búsqueda de nuevos métodos y nuevos inventos, imbuido del espíritu de libertad e invitando a la cooperación tanto mental como física de quienes realizan el trabajo, podría convertirse en una alegría en lugar de un fastidio, y en una fuente de salud y vida para quienes en él participan.
Lo que es verdad respecto a la agricultura, los anarquistas afirman que lo es igualmente respecto a la industria. Sostienen que si las grandes organizaciones económicas que ahora son administradas por los capitalistas, sin consideración por las vidas de los asalariados más allá de lo que los Sindicatos son capaces de arrancar, se convirtieran gradualmente en comunidades autogobernadas, en las que los productores pudieran decidir todas las cuestiones de métodos, condiciones, horas de trabajo y demás, habría un cambio casi ilimitado para mejor: la mugre y el ruido podrían eliminarse casi por completo, la fealdad de las regiones industriales podría transformarse en belleza, el interés por los aspectos científicos de la producción podría difundirse entre todos los productores con alguna inteligencia innata, y algo de la alegría del artista en la creación podría inspirar la totalidad del trabajo.
Todo esto, que en la actualidad está absolutamente alejado de la realidad, podría ser producido por el autogobierno económico. Podemos admitir que por tales medios una proporción muy grande del trabajo necesario del mundo podría llegar a hacerse finalmente lo suficientemente agradable como para ser preferida a la ociosidad incluso por hombres cuya mera subsistencia estuviera asegurada, trabajasen o no.
En cuanto al resto, admitamos que habría que dar recompensas especiales, ya sea en bienes, honores o privilegios, a quienes lo emprendieran. Pero esto no tiene por qué suscitar ninguna objeción fundamental.
Habría, por supuesto, una cierta proporción de la población que preferiría la ociosidad. Siempre que dicha proporción fuera pequeña, esto no tendría por qué importar. Y entre aquellos que serían clasificados como ociosos se podría incluir a artistas, escritores de libros, hombres dedicados a ocupaciones intelectuales abstractas; en resumen, a todos aquellos a quienes la sociedad desprecia mientras viven y honra cuando han muerto.
Para tales hombres, la posibilidad de proseguir con su propio trabajo sin importar el reconocimiento público de su utilidad sería de un valor incalculable. Quienquiera que observe cuántos de nuestros poetas han sido hombres de medios propios se dará cuenta de cuánta capacidad poética debe de haber permanecido sin desarrollar a causa de la pobreza; pues sería absurdo suponer que los ricos están mejor dotados por la naturaleza para la capacidad poética.
La libertad para tales hombres, por pocos que sean, debe contarse frente al desperdicio de los simples ociosos.
Hasta ahora, hemos expuesto los argumentos a favor del plan anarquista. A mi juicio, son suficientes para hacer parecer posible que el plan pudiera triunfar, pero no suficientes para hacerlo tan probable que fuera prudente intentarlo.
La cuestión de la viabilidad de las propuestas anarquistas en lo que respecta a la distribución es, como tantas otras cuestiones, de carácter cuantitativo. Las propuestas anarquistas constan de dos partes: (1) Que todos los bienes comunes sean suministrados ad libitum a todos los solicitantes; (2) Que no se imponga a nadie ninguna obligación de trabajar, ni recompensa económica por el trabajo. Estas dos propuestas no son necesariamente inseparables, ni ninguna de ellas conlleva todo el sistema del anarquismo, aunque sin ellas el anarquismo difícilmente sería posible. En cuanto a la primera de estas propuestas, puede llevarse a cabo incluso ahora respecto a algunos bienes, y podría llevarse a cabo en un futuro no muy lejano respecto a muchos más. Es un plan flexible, ya que este o aquel artículo de consumo podría ser incluido en la lista gratuita o retirado de ella según lo dictasen las circunstancias. Sus ventajas son muchas y diversas, y la práctica mundial tiende a desarrollarse en esta dirección. Pienso que podemos concluir que esta parte del sistema de los anarquistas bien podría adoptarse poco a poco, alcanzando gradualmente la plena extensión que desean.
Pero en cuanto a la segunda propuesta, la de que no haya obligación de trabajar ni recompensa económica por el trabajo, la cuestión es mucho más dudosa. Los anarquistas siempre dan por sentado que, si se pusieran en práctica sus planes, prácticamente todo el mundo trabajaría; pero aunque hay mucho más que decir en favor de esta postura de lo que la mayoría concedería a primera vista, es discutible que haya suficiente como para que resulte verdadera a efectos prácticos. Tal vez, en una comunidad donde la industria se hubiera vuelto habitual debido a la presión económica, la opinión pública pudiera ser lo suficientemente poderosa como para obligar a la mayoría de los hombres a trabajar;44 pero siempre es dudoso hasta qué punto un estado de cosas así sería permanente. Si la opinión pública ha de ser verdaderamente eficaz, será necesario disponer de algún método para dividir la comunidad en pequeños grupos y permitir que cada grupo consuma únicamente el equivalente a lo que produce. Esto hará que el motivo económico actúe sobre el grupo, el cual, dado que suponemos que es pequeño, sentirá que su parte colectiva disminuye de forma perceptible por cada individuo holgazán. Un sistema así podría ser viable, pero iría en contra de todo el espíritu del anarquismo y destruiría las líneas principales de su sistema económico.
La actitud del socialismo ortodoxo sobre esta cuestión es bastante diferente de la del anarquismo.45 Entre las medidas más inmediatas propugnadas en el "Manifiesto comunista" figura la "igual obligación de todos a trabajar. Creación de ejércitos industriales, especialmente para la agricultura". La teoría socialista sostiene que, en general, solo el trabajo da derecho al disfrute del producto del trabajo. A esta teoría habrá, por supuesto, excepciones: los ancianos y los niños muy pequeños, los enfermos y aquellos cuyo trabajo no se requiere temporalmente sin culpa propia. Pero la concepción fundamental del socialismo, en lo que respecta a nuestra presente cuestión, es que todos los que puedan deben ser obligados a trabajar, ya sea mediante la amenaza del hambre o mediante la aplicación de la ley penal.
Y, por supuesto, el único tipo de trabajo reconocido será aquel que se recomiende ante las autoridades. Escribir libros contra el socialismo, o contra cualquier teoría consagrada por el gobierno del momento, ciertamente no sería reconocido como trabajo. Tampoco lo sería pintar cuadros en un estilo diferente al de la Real Academia, ni producir obras de teatro desagradables para el censor.
Cualquier nueva línea de pensamiento sería prohibida, a menos que, mediante influencias o corrupción, el pensador lograra ganarse el favor de los eruditos.
Estos resultados no son previstos por los socialistas, porque se imaginan que el Estado socialista estará gobernado por hombres como los que ahora lo defienden. Esto es, por supuesto, una ilusión.
Los gobernantes del Estado entonces se parecerán tan poco a los socialistas actuales como los dignatarios de la Iglesia después de la época de Constantino se parecieron a los Apóstoles.
Los hombres que defienden una reforma impopular son excepcionales en cuanto a su desinterés y celo por el bien público; pero los que detentan el poder una vez que la reforma se ha llevado a cabo probablemente pertenecerán, en lo fundamental, al tipo ejecutivo ambicioso que en todas las épocas se ha apoderado del gobierno de las naciones. Y este tipo nunca se ha mostrado tolerante con la oposición ni amigo de la libertad.
Parecería, por tanto, que si el plan anarquista tiene sus peligros, el plan socialista presenta peligros al menos iguales. Es cierto que los males que hemos estado previstos bajo el socialismo existen en la actualidad, pero el propósito de los socialistas es curar los males del mundo tal como es; no pueden contentarse con el argumento de que no empeorarían las cosas.
El anarquismo tiene la ventaja en lo que respecta a la libertad, el socialismo en lo que respecta a los incentivos para el trabajo. ¿No podemos encontrar un método para combinar estas dos ventajas? Me parece que sí podemos.
Vimos que, siempre que la mayoría de la gente trabaje con moderación, y su trabajo sea tan productivo como la ciencia y la organización puedan hacerlo, no hay una buena razón por la cual los bienes de primera necesidad no deban suministrarse gratuitamente a todos. Nuestra única duda seria era si, en un régimen anarquista, los motivos para el trabajo serían lo suficientemente poderosos como para evitar una cantidad peligrosamente grande de ociosidad.
Pero sería fácil decretar que, aunque lo necesario fuese gratuito para todos, todo lo que excediera de lo necesario solo se entregara a quienes estuvieran dispuestos a trabajar —no, como es habitual hoy en día, únicamente a quienes trabajan en un momento dado, sino también a todos aquellos que, cuando diera la casualidad de que no estaban trabajando, estuvieran ociosos sin culpa propia.
Vemos hoy en día que un hombre que tiene un pequeño ingreso por inversiones, apenas suficiente para preservarlo de la necesidad absoluta, casi siempre prefiere encontrar algún trabajo remunerado para poder permitirse lujos. Así sería, presumiblemente, en una comunidad como la que imaginamos.
Al mismo tiempo, el hombre que sintiera vocación por alguna obra de arte, de ciencia o de pensamiento no reconocida sería libre de seguir su deseo, siempre y cuando estuviera dispuesto a «despreciar los deleites y llevar una vida laboriosa». Y el número comparativamente pequeño de hombres con un horror invencible al trabajo —la clase de hombres que hoy se convierten en vagabundos— podría llevar una existencia inofensiva, sin el peligro grave de que lleguen a ser lo suficientemente numerosos como para constituir una carga seria para los más industriosos.
De este modo, las demandas de la libertad podrían combinarse con la necesidad de cierto estímulo económico para trabajar. Un sistema así, me parece, tendría muchas más probabilidades de éxito que el anarquismo puro o el socialismo ortodoxo puro.
Expresado en términos más familiares, el plan que defendemos equivale esencialmente a esto: que se garantice un cierto ingreso pequeño, suficiente para lo necesario, a todos, trabajen o no, y que un ingreso mayor, tan mayor como lo permita la cantidad total de bienes producidos, se entregue a aquellos que estén dispuestos a realizar algún trabajo que la comunidad reconozca como útil.
Sobre esta base podemos seguir construyendo. No creo que siempre sea necesario pagar más un trabajo que requiera mayor cualificación o que se considere socialmente más útil, ya que dicho trabajo es más interesante y más respetado que el trabajo ordinario, y por lo tanto a menudo será preferido por quienes son capaces de realizarlo.
Pero podríamos, por ejemplo, dar un ingreso intermedio a aquellos que solo estén dispuestos a trabajar la mitad del número habitual de horas, y un ingreso superior al de la mayoría de los trabajadores a quienes elijan un oficio especialmente desagradable. Tal sistema es perfectamente compatible con el socialismo, aunque quizás difícilmente con el anarquismo.
De sus ventajas hablaremos más adelante. Por el momento me conformo con insistir en que combina la libertad con la justicia, y evita aquellos peligros para la comunidad que hemos descubierto que acechan tanto en las propuestas de los anarquistas como en las de los socialistas ortodoxos.