El Cocinero de Londres, al oír hablar al Chamicero, riéndose de alegría, le dio una palmada en la espalda:
«¡Ajá! —dijo él—, por la pasión de Cristo, este Molinero tuvo un final tajante con este argumento de la posada. Bien dijo Salomón en su lengua: No metas a cualquier hombre en tu casa, porque hospedar de noche es peligroso. Bien debe estar prevenido un hombre sobre a quién deja entrar en su intimidad.
Ruego a Dios que me dé dolores y pesares si desde que me llamo Hodge de Ware, oí jamás a un molinero mejor puesto en su labor; nos trajo una burla maliciosa en la oscuridad.
Pero Dios prohíba que nos detengamos aquí, y por tanto, si os dignáis escuchar un cuento de mí, que soy un hombre pobre, os contaré tan bien como pueda una pequeña broma que ocurrió en nuestra ciudad».
Nuestro Anfitrión respondió y dijo: «Te lo concedo.
Roger, prosigue; y mira que sea bueno, pues a muchos pasteles les has abierto las venas, y a muchos «Jack de Dover» has vendido, que habían estado dos veces calientes y dos veces fríos. Sobre muchos peregrinos pesa la maldición de Cristo, pues por tu perejil aún lo pasan peor los que han comido en tu ganso de rastrojo; pues en tu tienda anda mucha mosca suelta.
Ahora prosigue, amable Roger, por tu nombre, pero te ruego que no te enojes por bromas; un hombre puede decir gran verdad jugando».
«Dices gran verdad —dijo Roger—, por mi fe; pero juego veraz es juego tenaz, como dice el flamencó, y por tanto, Harry Bailly, por tu fe, no te enojes, o si no, aquí nos separamos, aunque mi cuento trate de un hostalero. Pero no obstante, no lo contaré aún, sino que, antes de partir, ciertamente quedarás paz y salvo».
Y con esto rió y mostró buen talante, y contó su cuento, como a continuación oiréis.