Este digno limitador, este noble fraile, puso siempre un aire de recelo hacia el Somatén; mas por decencia ninguna palabra ruin le dirigió todavía:
Pero al fin le dijo a la Dueña:
«Señora —dijo—, Dios os dé muy buena vida, habéis tocado aquí, así pueda medrar, una gran dificultad en materia escolar. Habéis dicho muchas cosas muy bien, os digo; mas, señora, aquí mientras vamos de camino, no nos hace falta sino hablar de pasatiempo, y dejar las autoridades, en nombre de Dios, para la predicación, y también para la escuela clerical. Mas si le place a esta compañía, os contaré una broma sobre un Somatén; pardiez, bien podéis saber por el nombre, que de un Somatén no puede decirse nada bueno; ruego que ninguno de vosotros se disguste; un Somatén es un corredor arriba y abajo con emplazamientos por fornicación, y es vapuleado en las afueras de cada pueblo».
Entonces habló nuestro Anfitrión:
«Ah, señor, debéis ser afable y cortés, como un hombre de vuestro estado; en compañía no queremos tener ninguna disputa: contadnos vuestro cuento y dejad en paz al Somatén».
«No —dijo el Somatén—,
que diga de mí lo que le plazca; cuando llegue mi turno, ¡por Dios, le pagaré cada cuarto con creces! ¡Le diré qué gran honor es ser un fraile limitador adulador, y a fe que le contaré su oficio!».
Nuestro Anfitrión respondió:
«Paz, no más de esto».
Y después le dijo al fraile:
«Contad vuestro cuento, mi querido y propio amo».