todo el pueblo, se hizo notoriamente sabido que aquellos con dinero podían conseguir cuanto quisieran de cualquier cosa, sin importar las cartillas de racionamiento. Los judíos simplemente triplicaban el precio de los productos que soltaban sin las cartillas, manteniendo así un flujo de oro de la nación que iba a parar a sus tesoros privados.
Ninguna de las estimaciones del gobierno sobre las reservas de alimentos era de fiar, debido a los acopio ocultos de los que tiraban estos especuladores. Esto comenzó a perturbar la moral de la población, y se presentaron quejas y se iniciaron procesos judiciales; pero tan pronto como los casos llegaban a juicio se descubría que el fiscal designado para acusar y el comisario designado para juzgar eran también judíos, por lo que los casos solían extinguirse sin resultados. Cuando, sin embargo, se atrapaba a un comerciante alemán, se armaba un gran escándalo al respecto, y la sanción que se le imponía equivalía a la que todos los demás deberían haber tenido.
Recorred Alemania de punta a punta hoy, dicen los informes, estudiad el temple del pueblo, y descubriréis que el abuso de poder por parte de los judíos ha marcado la memoria de Alemania como un hierro candente.
Mientras estas influencias socavaban a la masa del pueblo, influencias superiores de origen judío operaban sobre el gobierno. Los consejeros del gobierno de Bethmann-Hollweg eran el gran magnate naviero Ballin, judío; Theodor Wolff, del Berliner Tageblatt y miembro de la prensa panjudía; Von Gwinner, director del Banco Alemán, emparentado con los grandes banqueros judíos, los Speyer; y Rathenau, el líder de las actividades industriales-financieras judías. Estos hombres estaban en el origen de las cosas y doblegaban al gobierno del mismo modo que las otras influencias doblegaban al pueblo.
El rico judío alemán podía comprar el reconocimiento que deseaba adquiriendo poder financiero sobre aquellos intereses que afectaban más