directamente a la clase dirigente de Alemania, pero ¿cómo iba el judío pobre a obtener el reconocimiento que deseaba?, pues a todos los judíos los mueve el mismo deseo; lo llevan dentro; sienten el acicate por dominar. Habiendo explorado la conquista de las altas esferas por el poder del dinero judío, aún queda por explorar la conquista del cuerpo de la nación por judíos que no tenían más dinero que el que podían arrebatar en el desorden que ellos provocaban. El análisis que se ofrece es el siguiente:
El judío no es un anarquista. No es un destruccionista. Todo esto es cierto, a pesar de ser el bolchevique del mundo y, por excelencia, el revolucionario de Alemania.
Su anarquía no es innata; es un artificio que utiliza con un propósito.
- El judío rico no es anarquista, porque puede lograr lo que desea mediante métodos más sutiles.
- El judío pobre no tiene otro recurso.
Pero ricos y pobres van juntos un largo trecho; el vínculo de simpatía entre ellos nunca se rompe; pues, si la anarquía triunfa, entonces el judío pobre ocupará su lugar junto al judío rico; y si la anarquía fracasa, aun así habrá servido para abrir nuevos campos en los que el judío rico pueda operar.
En Alemania, al judío pobre le era posible abrirse paso a través del muro de la germanidad que tenía encima únicamente destruyéndolo. En Rusia ocurría lo mismo. El sistema social se había enquistado en torno al judío, manteniéndolo en una posición en la que, como las naciones sabían por experiencia, resultaría menos nocivo. Del mismo modo que la naturaleza enquista el elemento extraño y nocivo en la carne, levantando un muro a su