(a) el espíritu del bolchevismo que se disfrazaba bajo el nombre de socialismo alemán; (b) la propiedad y el control judíos de la prensa; (c) el control judío del suministro de alimentos y de la maquinaria industrial del país. Había una cuarta, "más arriba", pero estas actuaban directamente sobre el pueblo alemán.
Como es posible que las conclusiones alemanas sobre este asunto sean recibidas con dudas por pueblos cuya opinión pública ha sido moldeada por la influencia judía, puede ayudar citar a George Pitter-Wilson, del London Globe, quien escribió a principios de abril de 1919: «El bolchevismo es el desposeimiento de las naciones cristianas del mundo hasta tal punto que no quedará capital alguno en manos de los cristianos, para que todos los judíos puedan tener conjuntamente el mundo en sus manos y reinar dondequiera que elijan».
Ya en el segundo año de la guerra, los judíos alemanes predicaban que la derrota de Alemania era necesaria para el surgimiento del proletariado, momento en el cual Strobel declaró: «Admito abiertamente que una victoria plena del país no redundaría en interés de los socialdemócratas».
En todas partes se predicaba que «la exaltación del proletariado tras una victoria obtenida es una imposibilidad».
Estos ejemplos, entre muchos otros, se citan no para reabrir la cuestión militar, sino para mostrar cómo el llamado judío alemán olvidó la lealtad al país en el que vivía y se unió a los judíos del exterior para lograr el colapso de Alemania, y no meramente, como veremos, para librar a Alemania del militarismo, que todo alemán reflexivo deseaba, sino para sumir al país en tal confusión que les permitiera tomar el control.
La prensa de Alemania se hizo eco de este plan de los portavoces judíos, al principio tenuemente, luego con audacia. El Berliner Tageblatt y el