El Asunto, sea cual fuere, no necesita ser estudiado en absoluto; se puede halagar a un cierto grupo de gente durante unos cuantos párrafos, y no hace falta volver a abordar el tema nunca más. Todo hombre de prensa sabe eso.
Y, sin embargo, habiendo vivido en Nueva York durante mucho tiempo, habiendo tenido tratos financieros de gran envergadura y carácter vinculante con ciertos intereses en este país, habiendo presenciado sin duda más o menos los entresijos de los grandes fideicomisos y grupos bancarios, y estando constantemente rodeado de asistentes y asesores que son miembros de la raza judía, el señor Brisbane debe de haber tenido sus reflexiones.
No forma parte, sin embargo, de los asuntos de un hombre de prensa exponer sus pensamientos sobre los grupos raciales de su comunidad, del mismo modo que no es asunto de un feriante expresar su opinión sobre los clientes de su espectáculo. Las clases de ofensa que un periódico causará, y las ocasiones en las que se considerará justificado para causarla, son muy limitadas.
Por lo tanto, suponiendo que el señor Brisbane tenía que escribir algo, se habría podido predecir de antemano lo que escribiría. Lo único sorprendente es que sintiera la necesidad de escribir. ¿Sentía realmente que los judíos están siendo «persecuidos» cuando se intenta descubrir el alcance y las causas de su control en los Estados Unidos y en otros lugares? ¿Consideró, con buena astucia editorial, que esta era una oportunidad para ganarse la atención y el favor del grupo más influyente de Nueva York y de la nación? ¿O —y esto entra dentro de lo probable— se inclinaba simplemente a pasar por alto el asunto, hasta que le llegaron sugerencias de su secretaría para un editorial dominical, o hasta que algunos de los tenedores de bonos manifestaron sus deseos?