Para mayor abundamiento, el señor Hard aporta otros dos nombres, «el barón Gunzberg —un judío» que es «un fiel funcionario» de la embajada rusa del embajador Bajmétev, representante del antiguo régimen modificado, mientras que la Oficina de Información Rusa, cuya producción literaria aparece en muchos de nuestros periódicos, está dirigida por otro judío, así lo llama el señor Hard, cuyo nombre es familiar para los lectores de los periódicos, el señor A. J. Sack.
No es en absoluto una lista completa, pero resulta bastante impresionante. Parece reflejar una importancia en los documentos que el señor Hard se esfuerza por reducir a una posición de ridícula intrascendencia. Y lleva a pensar que tal vez los documentos se examinan con tanta atención porque quienes los leen han observado no solo los hechos que el señor Hard admite, sino otros más asombrosos, y han descubierto que los documentos confirman y explican tales observaciones.
Otros lectores que no han tenido el privilegio de conocer todo lo que los documentos contienen tienen derecho a que se satisfaga el interés así despertado.
Los documentos no crearon la Cuestión Judía. Si no hubiera otra cosa que los documentos, el señor Hard no habría escrito ni el Metropolitan Magazine habría publicado el artículo aquí comentado.
Lo que el señor Hard ha hecho es aportar la confirmación en un lugar de lo más inesperado de que la Cuestión existe y urge discutirla. Alguien sintió la presión cuando «La gran conspiración judía» fue encargada y escrita.
[Número del 26 de junio de 1920.]
—¿De qué van vuestras habladurías? Mientras no tengamos la Prensa de todo el mundo en nuestras manos, todo lo que hagáis será en vano.