difícil, en su teoría de los negocios, humanizar la casa; trataría con ella de una manera que otras personas llamarían "dura", pero no consideraría justa tal acusación; diría que era simplemente "negocio".
Probablemente sea de este modo como puedan explicarse los «talleres clandestinos» judíos de Nueva York.
Cuando la gente impresionable de la nación compadecía a los pobres judíos de los talleres clandestinos de Nueva York, en su mayoría no sabía que los inventores y operadores del método del «taller clandestino» eran ellos mismos judíos.
En verdad, si bien es el orgullo de nuestro país que ninguna raza, color o credo sea perseguido aquí, sino que la libertad esté garantizada para todos, sigue siendo un hecho que todo investigador especial ha notado que el único trato desalmado jamás dispensado al judío en los Estados Unidos provino de su propia gente, sus capataces y amos.
Y, sin embargo, no hay evidencia de que ni el explotador («sweater») ni el explotado («sweated») hayan pensado en ello como inhumanidad o como algo «desalmado». Era «negocio».
Los «explotados» vivían con la esperanza de tener algún día una habitación llena de gente cosiendo para él o ella. Su interés infinitamente vital en los «negocios» y su ambición inagotable por subir más en la escala y convertirse en amos de su propio taller clandestino, les permitían trabajar sin la más mínima sensación de opresión o injusticia que, después de todo, es lo más doloroso de la pobreza.
Los judíos nunca consideran el trabajo como una calamidad, pero tampoco consideran que las posiciones subordinadas sean permanentemente suyas. Así, gastan sus energías en ascender y salir adelante en lugar de lamentar las incomodidades del lugar en el que están e intentar mejorarlo.