Sea como fuere, no hay razones para que él no haga un estudio completo de la Cuestión —un estudio real, no una mirada superficial a esta con la mira puesta en su «valor noticioso»— y llegue a su propia conclusión meditada.
No habría intolerancia alguna en eso. Tal como están las cosas ahora, el Sr. Brisbane no está calificado para tomar partido por ninguno de los lados de la Cuestión; simplemente la despacha por molesta, tal como los antiguos hacendados solían despachar a los moralistas antiesclavistas; y por esa razón la reciente defensa del judío no es una defensa en absoluto. Se parece más a una puja por ganarse el favor.
La principal aversión del Sr. Brisbane, al parecer, es hacia lo que él llama prejuicio racial y odio racial.
Desde luego, si algún hombre temiera que el estudio de una situación económica lo sumergiera en estas graves aberraciones mentales, se le debería aconsejar que evitara esa línea de estudio.
Algo anda mal, ya sea en la investigación o en el investigador, cuando el resultado son el prejuicio y el odio. Es una excusa muy pobre, sin embargo, para que un hombre inteligente la presente, ya sea en su propio nombre o en nombre de aquellos cuyas mentes ha tenido el privilegio de moldear a lo largo de los años.
Los prejuicios y el odio son precisamente las condiciones que un estudio científico de la Cuestión Judía evitará y prevenirá. Juzgamos de antemano lo que no conocemos y odiamos lo que no entendemos; el estudio de la Cuestión Judía aportará conocimiento y perspicacia, y no solo al gentil, sino también al judío. El judío necesita esto tanto como el gentil, e incluso más. Pues si se logra que el judío vea, comprenda y aborde ciertos asuntos, gran parte de la Cuestión se desvanece en la solución del sentido común ideal.