La división de la sociedad es perfectamente fácil, según la estimación de la naturaleza humana hecha en estos documentos. Es propia de la naturaleza humana tomar promesas por actos. Nadie que considere la lista de sueños, caprichos y teorías que han dominado al pueblo a lo través de los siglos puede dudar de esto.
Cuanto más utópica, más parecida a una mariposa es la teoría, más exige la adhesión pública. Tal como dicen los Protocolos, la sociedad gentil no escudriña el origen ni las consecuencias de las teorías que adopta. Cuando una teoría apela a la mente, la tendencia es creer que la mente que la recibe siempre la tuvo en esencia y, por lo tanto, la experiencia tiene todo el brillo del descubrimiento original.
De este modo, teoría tras teoría ha sido explotada entre las masas, teoría tras teoría se ha visto que era impracticable y ha sido descartada, pero el resultado es precisamente aquel al que apunta el programa de los Protocolos: con el descarten de cada teoría, la sociedad queda un poco más quebrantada que antes.
Está un poco más indefensa ante sus explotadores. Está un poco más confundida acerca de dónde buscar liderazgo. Como consecuencia, la sociedad vuelve a caer fácilmente víctima de una teoría que le promete el bien que busca, y el fracaso de esta teoría la deja aún más quebrantada.
Ya no existe algo así como la opinión pública. La desconfianza y la división están por todas partes. Y en medio de la confusión, todos son vagamente conscientes de que hay un grupo superior que no está dividido en absoluto, sino que está obteniendo exactamente lo que quiere mediante la confusión que impera a su alrededor.
Se demostrará, tal como afirman los Protocolos, que la mayoría de las teorías desestabilizadoras que circulan por el mundo hoy en día son de origen judío; también se demostrará que el único grupo sólido e indivisible en el mundo de hoy, el grupo que sabe a dónde quiere ir y se dirige allí sin importarle el estado de la sociedad, es el grupo judío.