Aun protegiéndose contra estos mismos prejuicios, es ineludible la conclusión de que si tal programa de imperialismo mundial judío existe hoy en día, debe existir con el conocimiento y el apoyo activo de ciertos individuos, y que estos grupos de individuos deben tener en alguna parte una cabeza oficial.
Este es, quizás, el punto en el que más investigadores se detienen que en cualquier otro. La idea de un autócrata judío resulta demasiado extraña para la mente que no ha estado muy en contacto con la cuestión principal. Y, sin embargo, no hay raza que apoye más instintivamente la autocracia que la raza judía, ninguna raza que anhele y respete más la posición social.
Es su sentido del valor de la posición lo que explica el rumbo principal que toman sus actividades. El judío es primordialmente un hacedor de dinero por la razón de que, hasta el momento, el dinero es el único medio que conoce para alcanzar una posición. Los judíos que han alcanzado una posición por cualquier otro motivo son comparativamente pocos.
Esto no es una burla gentil; es la postura de un famoso médico anglojudío, el Dr. Barnard Von Oven, quien escribió:
«Todos los demás medios de distinción le están negados; debe ascender mediante la riqueza, o no ascender en absoluto. Y si, como bien sabe, asegurar la riqueza significará asegurar rango, respeto y atención en la sociedad, ¿la culpa recae en aquel que se esfuerza por adquirir riqueza por la distinción que esta comprará, o en esa sociedad que tan prontamente se postra ante el altar de Mamón?».
El judío no es adverso a los reyes, sino al estado de cosas que impide la existencia de un rey judío. El futuro autócrata del mundo ha de ser un rey judío, sentado en el trono de David, según coinciden las profecías ancestrales y los documentos del programa imperialista.