"—Pero Cavour, que ya en ese entonces era el estadista más prominente, el más capaz y el más clarividente de Cerdeña, insistió en que su país enviara una flota y sitiara Sebastopol junto con las otras potencias, y al fin se salió con la suya. Tal vez les interese saber que la mano derecha de Cavour, su amigo y consejero, era su secretario, Hartum, un judío, y en aquellos círculos que se oponían al gobierno se hablaba fulminantemente de traición judía. Y una vez, en una asamblea de patriotas italianos, se exigió a gritos la presencia del secretario de Cavour, Hartum, y se le pidió que defendiera sus peligrosas y traicioneras acciones políticas. Y esto fue lo que dijo: «Nuestro sueño, nuestra lucha, nuestro ideal, un ideal por el que ya hemos pagado con sangre y lágrimas, con dolor y desesperación, con la vida de nuestros hijos y la angustia de nuestras madres, nuestro único deseo y nuestro único objetivo es una Italia libre y unida. Todos los medios son sagrados si conducen a esta gran y gloriosa meta. Cavour sabe muy bien que, tarde o temprano, tras la lucha ante Sebastopol, habrá de celebrarse una conferencia de paz, y en esta conferencia de paz participarán las potencias que se hayan unido a la contienda. Es verdad que Cerdeña no tiene ninguna preocupación inmediata, ningún interés directo en Sebastopol, pero si ayudamos ahora con nuestra flota, nos sentaremos en la futura conferencia de paz disfrutando de los mismos derechos que las demás potencias, y en esta conferencia de paz Cavour, como representante de Cerdeña, proclamará la Italia libre, independiente y unida. Así, nuestro sueño, por el que hemos sufrido y muerto, se convertirá al fin en una maravillosa y feliz realidad. Y si ahora me preguntan de nuevo qué tiene que hacer Cerdeña en Sebastopol, permítanme decirles las siguientes palabras, como los peldaños de una escalera: Cavour, Cerdeña, el sitio de Sebastopol, la futura conferencia de paz europea, la proclamación de una Italia libre y unida»."
"Toda la asamblea estaba bajo el hechizo de la hermosa, verdaderamente poética y exaltada elocuencia de Nordau, y su exquisito y musical francés deleitó a los oyentes con un placer casi sensual. Durante unos segundos el orador hizo una pausa, y el público, absolutamente intoxicado por su