El lector sincero suele poder determinarlo, pero el judío que se encuentra en un estado mental susceptible de sentirse ofendido a veces sufre al leer como un cargo contra sí mismo lo que estaba destinado al grupo superior. «Entonces, ¿por qué no hablar del grupo superior como financieros y no como judíos?», se podrá preguntar. Porque son judíos. No viene al caso insistir en que en cualquier lista de hombres ricos hay más gentiles que judíos; no estamos hablando meramente de hombres ricos que han ganado, muchos de ellos, sus riquezas sirviendo a un Sistema, estamos hablando de aquellos que Controlan —y es perfectamente evidente que limitarse a ser rico no es controlar—. El judío controlador del mundo tiene riquezas, pero también tiene algo mucho más poderoso que eso.
El judío internacional, tal como se ha definido ya, gobierna no por ser rico, sino porque, en un grado de gran relevancia, posee el genio comercial y dominador de su raza, y se sirve de una lealtad y solidaridad raciales como no existen en ningún otro grupo humano.
En otras palabras, si hoy se transfiriera el control mundial del judío internacional a manos del grupo de gentiles con mayor talento comercial, todo el entramado del control mundial acabaría desmoronándose, debido a que al gentil le falta cierta cualidad, ya sea humana o divina, natural o adquirida, que el judío posee.
Esto, por supuesto, el judío moderno lo niega. Hay una nueva postura adoptada por los modernistas entre los judíos que constituye una negativa a que el judío se diferencie de cualquier otro hombre, salvo en lo que respecta a la religión. «Judío», dicen, no es una designación racial, sino una designación religiosa como «episcopaliano», «católico», «presbiteriano». Este es el