Y así ha resultado ser. Nueva York es el mayor centro de población judía del mundo. Es la puerta de entrada donde se gravan la mayor parte de las importaciones y exportaciones estadounidenses, y donde prácticamente todo el negocio que se hace en América rinde tributo a los amos del dinero. La tierra misma de la ciudad es prácticamente propiedad de los judíos. Una lista de los propietarios de la metrópoli revela sólo a raros intervalos un nombre gentil. No es de extrañar que los escritores judíos, al contemplar esta prosperidad sin precedentes, este crecimiento sin freno en la riqueza y el poder, exclamen con entusiasmo que los Estados Unidos son la Tierra Prometida predicha por los profetas, y Nueva York la Nueva Jerusalén. Algunos han ido incluso más lejos y han descrito las cumbres de las Rocosas como "las montañas de Sión", y con razón también, si se considera la riqueza minera y costera de los judíos.
La nueva propuesta de vías navegables, que convertirá en un puerto oceánico a prácticamente todas las grandes ciudades de los Grandes Lagos y le arrebatará a Nueva York el prestigio que ha mantenido por ser la puerta de entrada hacia la cual convergían los principales ferrocarriles, está siendo objeto de fuertes protestas en este momento.
Y el motivo más fuerte para oponerse a esta mejora tan evidente es que gran parte de la riqueza contabilizada en Nueva York no es riqueza en absoluto, sino valores ficticios que dependen únicamente de que Nueva York siga siendo Nueva York.
Cuando llegue algo que convierta a Nueva York meramente en una ciudad costera, y no en la ciudad donde se sientan los grandes recaudadores de impuestos para cobrar su tributo, gran parte de la riqueza judía disminuirá. Ya era fabulosa antes de la guerra. Lo que es ahora apenas se atreverán a decirlo los estadísticos.