Al judicio se le dice siempre por sus líderes que, sin importar su religión o país de nacimiento, él es judío, miembro de una raza en virtud de la sangre.
Las páginas de este periódico podrían llenarse con las declaraciones judías más autorizadas sobre este punto. Pero lo que se le dice al judío por parte de sus líderes y lo que se le dice al editor gentil por parte del comité judío son dos cosas diferentes y antagónicas.
Un periódico judío puede gritar a los cuatro vientos que el profesor fulano de tal, o el juez fulano de tal, o el senador fulano de tal es judío, pero el periódico laico que hiciera tal cosa recibiría la visita de un comité indignado portador de amenazas.
Cierto periódico, como mera cuestión de actualidad, publicó un extracto de uno de los artículos de THE DEARBORN INDEPENDENT. Al día siguiente, varias cuentas de publicidad se retiraron por falta de originales. Las indagaciones revelaron el hecho de que los anunciantes reticentes eran todos firmas judías y la causa de su actuación fue el realmente poco importante extracto que el periódico había publicado.
Se reveló también que el agente de publicidad que gestionaba toda la publicidad de esas firmas judías era él mismo un judío que además ocupaba un cargo en una sociedad secreta judía, cargo que se ocupaba exclusivamente del control de los periódicos en lo referente a la publicidad judía. Fue este hombre quien trató con el editor.
Le siguió una cojeante retractación editorial que elogiaba débilmente a los judíos. La publicidad volvió al periódico, y es solo cuestión de si ese editor fue manejado correctamente o no. Ciertamente se le ha hecho sentir el poder. Pero la diplomacia de aquello fue mala. Al editor, junto con cientos de otros, simplemente se le ha proporcionado el contexto adecuado para calibrar el poder judío en sus dimensiones más amplias.