Los Protocolos, que no pasan por alto nada, proponen un plan muy definido con respecto a la Prensa. Como en la multitud de otros asuntos de los que tratan estos notables documentos, hay dos fases: «lo que hemos hecho» y «lo que haremos».
Ya desde el Segundo Protocolo, la Prensa es objeto de atención. Es significativo que haga su aparición en el mismo Protocolo en el que el programa de «Sin anexiones» fue anunciado 20 años antes de la Guerra Mundial, en el mismo Protocolo en el que se anuncia que a los gobernantes gentiles se les permitirá comparecer ante el pueblo por un breve periodo, mientras las influencias judías se organizaban tras los centros de poder, y en el mismo Protocolo donde el darwinismo, el marxismo y el nietzscheismo son reivindicados entre las doctrinas más «desmoralizadoras» que la influencia judía ha diseminado. Son estas declaraciones muy curiosas, pero no más extrañas que la realidad que ha llegado a materializarse.
Dice el Segundo Protocolo:
"Hay una gran fuerza en manos de los gobiernos modernos que crea movimientos de pensamiento entre el pueblo: esa es la Prensa. El papel presumido de la Prensa es indicar necesidades supuestamente indispensables, registrar las quejas populares y crear descontento. El triunfo de la «libertad de expresión» (paroloneo) descansa en la Prensa. Pero los gobiernos son incapaces de sacar provecho de este poder, y este ha caído en nuestras manos. A través de ella hemos alcanzado influencia permaneciendo en la sombra. Gracias a ella, hemos amontonado oro, aunque nos haya costado torrentes de sangre y lágrimas."
En el mismo Protocolo, se habla de «nuestra Prensa» como el organismo a través del cual se difunden «aquellas teorías de la vida que les hemos inducido [a los gentiles] a considerar como los dictados de la ciencia».
"Con este fin, sin duda nos esforzaremos por inspirar una confianza ciega en estas teorías por medio de nuestra Prensa."