monogamia, una raza que hoy se presenta ante nosotros como el signo visible de una antigüedad a la que se remonta toda nuestra riqueza espiritual. No, el judío seguirá considerándose a sí mismo como miembro de un pueblo, una nación, una raza. Y toda la mezcla e intermezcla de pensamiento, fe o costumbre no podrá hacer que sea de otro modo. Un judío es un judío y, mientras permanezca dentro de sus tradiciones perfectamente inexpugnables, seguirá siendo un judío. Y siempre tendrá derecho a sentir que ser judío es pertenecer a una raza superior.
Estos judíos que controlan el mundo desde la cúspide de los asuntos se encuentran allí, por tanto, en virtud de, entre otras cosas, ciertas cualidades inherentes a su naturaleza judía. Todo judío posee estas cualidades, aunque no sea en un sentido supremo, del mismo modo que todo inglés habla la lengua de Shakespeare, pero no en el grado de Shakespeare. Y por ello resulta impracticable, cuando no imposible, considerar al judío internacional sin sentar bases amplias sobre el carácter y la psicología judíos.
Podemos descartar de inmediato la calumnia, demasiado común, de que esta forma superior de éxito judío se basa en la deshonestidad. Es imposible acusar al pueblo judío, ni a ningún otro pueblo, sobre la base de una imputación generalizada. Nadie sabe mejor que el propio judío cuán extendida está la noción de que todos los métodos comerciales judíos carecen de escrúpulos.
No cabe duda de que existe la posibilidad de que se dé una gran falta de escrúpulos sin que llegue a haber una deshonestidad legal real; pero es perfectamente posible que la reputación que el pueblo judío ha soportado durante tanto tiempo a este respecto tenga otros origenes distintos de una deshonestidad real y persistente.