La palabra «judío» no es un epíteto; es un nombre, antiguo y honorable, con significado para cada período de la historia humana, pasada, presente y venidera.
Existe una sensibilidad extrema por parte de los gentiles en cuanto a la discusión pública de la cuestión judía. Preferirían mantenerla en las brumosas fronteras de su pensamiento, envuelta en silencio. Su herencia de tolerancia tiene algo que ver con su actitud, pero tal vez su sentido instintivo de la dificultad que entraña tenga aún más que ver con ello.
Los principales pronunciamientos públicos de los gentiles sobre la cuestión judía son del estilo del político servicial o del amable orador de sobremesa; se repasan los grandes nombres judíos en la filosofía, la medicina, la literatura, la música y las finanzas; se insiste en la energía, la capacidad y la laboriosidad de la raza, y todos se van a casa con la sensación de que se ha sorteado un punto difícil con bastante elegancia.
Pero nada cambia con ello. El judío no cambia. El gentil no cambia. El judío sigue siendo el enigma del mundo.
La delicada sensibilidad sobre este punto se expresa mejor mediante el deseo de silencio: la actitud es «¿Para qué discutirlo en absoluto?». Tal actitud es en sí misma una prueba de que existe un problema que eludiríamos si pudiéramos.
«¿Para qué discutirlo en absoluto?» —el pensador agudo ve claramente en las implicaciones de tal pregunta la existencia de un problema cuya discusión o supresión no estará siempre al alcance de las mentes indolentes.
¿Hay una cuestión judía en Rusia? Indudablemente, en su forma más virulenta. ¿Es necesario afrontar esa cuestión en Rusia? Sin duda, afrontarla desde todos los ángulos por los que puedan llegar la luz y la curación.