No había telegramas en aquellos días, ni comunicación rápida. Inglaterra estaba inquieta. Los rumores eran malos. Y en la mañana del 20 de junio de 1815, cuando Nathan Rothschild apareció en su lugar habitual de la Bolsa y se apoyó contra la columna, Inglaterra no sabía nada de lo que él sabía.
Estaba pálido y deshecho. La visión de su rostro hizo creer a los otros financieros que había recibido malas noticias del frente. Luego se vio que estaba vendiendo discretamente sus títulos.
¿Cómo? ¿Rothschild liquidando?
El mercado cayó estrepitosamente, el pánico se apoderó de los financieros, el mercado se inundó de bonos del Estado puestos a la venta... ¡y todo lo que se ofrecía, los agentes de Rothschild lo compraban!
Así continuó, todo el día 20 y todo el día 21. Al cierre de las operaciones del segundo día, los pesados cofres de Rothschild estaban repletos de títulos valores.