Cuando todo esto se muestre en detalle, la opinión pública sobre la importancia de la economía académica y radical tal vez experimente un cambio.
Y, como se afirma en la cita recién dada del Noveno Protocolo, el poder mundial judío constituye hoy un supergobierno. Es la palabra de los propios Protocolos, y ninguna otra resulta más adecuada.
Ninguna nación puede obtener todo lo que desea, pero el Poder Mundial Judío puede obtener todo lo que desea, aun cuando sus demandas superen la igualdad de los gentiles.
«Nosotros somos los legisladores», dicen los Protocolos, y las influencias judías han sido legisladoras en un grado mayor de lo que nadie, salvo los especialistas, comprende. En los últimos diez años, el dominio internacional judío, o el poder del grupo de judíos internacionales, ha dominado por completo el mundo.
Más que eso, ha sido lo suficientemente poderoso como para impedir la aprobación de leyes benéficas y, cuando alguna ley se ha colado en los códigos estatutarios, ha tenido el poder suficiente para lograr que se interprete en un sentido que la inutilizaba para su propósito. Esto también puede ilustrarse con una gran colección de hechos.
Además, el método por el cual esto se lleva a cabo fue esbozado hace mucho tiempo en el programa del cual los Protocolos pretenden ser un resumen. «Creamos tribunales», continúa la cita, y a esta le siguen en otros Protocolos numerosas referencias a «nuestros jueces». Hay un tribunal judío que sesiona en un edificio público de la ciudad de Nueva York todas las semanas, y otros tribunales, para la exclusiva ventaja y uso de este pueblo cuyos portavoces niegan ser un «pueblo separado», se están formando en todas partes.